Javier fue profesor de matemática durante 37 años y aunque el año pasado decidió jubilarse definitivamente todavía conserva algo de aquel docente que entraba temprano al aula para esperar a sus alumnos y comenzar la clase puntualmente. Desde InfoBrandsen decidimos entrevistarlo para conocer más a fondo su recorrido.

Cómo llegó a ser docente

La matemática siempre le gustó, recordó especialmente a alguna de sus profesoras, a quienes tuvo durante el secundario y cuyas clases le agradaban. También recordó con cariño a otros docentes, entre ellos Nora, María del Carmen y Mariela, pero había algo en la matemática que lo atraía especialmente: era exacta, ordenada y, según sus propias palabras, le facilitaba añgunos aspectos de la vida.

Su primera elección profesional no fue la docencia: comenzó la Licenciatura en Geofísica, una carrera para la que había que rendir un examen de ingreso y en la que ingresaban solamente 24 alumnos. Había 25 vacantes, pero una estaba reservada para estudiantes del Colegio Nacional de La Plata, que ingresaban sin examen. Las aulas tenían 25 asientos y parte de la carrera implicaba cursar materias en Ingeniería y en el Museo de Geología.

Fue durante el cuarto año cuando apareció una experiencia que cambiaría su camino. Le ofrecieron una ayudantía ad honorem para colaborar con un profesor. Fajdic, que además venía de una familia vinculada a la educación —su mamá y su tía eran docentes—, descubrió que explicar un tema y comprobar que del otro lado alguien lo había entendido era algo que le generaba felicidad.

La oportunidad llegó en la Escuela Media donde él mismo había estudiado, que en aquel momento funcionaba como una institución polivalente, con modalidades técnica y comercial. Cuando ingresó a primer año, la escuela había formado parte de una prueba piloto y los alumnos permanecían allí durante todo el día.

En aquel momento también había quedado vacante una gran cantidad de horas de matemática luego del fallecimiento de un profesor. El sistema permitía que quienes tuvieran el 75% de las materias de la carrera aprobadas se anotaran en un listado de emergencia directamente en la escuela. Así fue como lo llamaron para hacer unas suplencias.

Su primera experiencia dando clases

La primera clase llegó un 3 de abril, específicamente un viernes a las 20:30. Fajdic tenía 21 años y todavía le faltaba para cumplir los 22. Los alumnos llevaban un tiempo sin profesor y aquella noche, en lugar de retirarse, se encontraron con el nuevo suplente.

En el turno noche era habitual que los estudiantes trabajaran y algunos habían dejado de estudiar durante un tiempo antes de retomar su educación. Una vez frente al curso empezó a explicar y descubrió que aquello le gustaba. La suplencia duró tres meses y después le agregaron otro curso.

Para 1989 ya comenzaba a dudar de continuar con Geofísica. Mientras cursaba la carrera, trabajaba por la noche y descubría que gran parte de aquello que estudiaba estaba relacionado con matemática y física, justamente las materias que más disfrutaba enseñar.

Además, volver a aquella escuela tenía un significado especial. Los que habían sido sus profesores ahora eran sus colegas. Sus antiguos preceptores también se habían convertido en compañeros de trabajo. Fajdic era el más joven, pero se sentía respaldado por quienes ya conocía.

La puntualidad como característica esencial

Durante la conversación Javier destacó: “En 37 años jamás llegué tarde a la escuela. Jamás. No llegué ni cinco segundos tarde”. Hubo una única excepción: una vez se rompió el tren y tuvo que llegar caminando junto a otras personas. Como eso implicaba ingresar media hora tarde, prefirió que le descontaran la clase y comenzar después. Para él, la puntualidad no era simplemente llegar a horario.

“La puntualidad es la carta de presentación de una persona”, sostuvo. Cuando sonaba el timbre del recreo, él ya estaba en el salón esperando a sus alumnos. No se quedaba en la sala de profesores tomando mate o conversando, salvo que alguna situación particular se lo requiriera; entendía que si un preceptor debía quedarse a cargo de un curso durante cinco minutos, ese tiempo podía terminar perjudicando a otros cursos que también necesitaban su atención.

Los cambios que atravesaron la educación y las aulas

A lo largo de la entrevista, Fadjic repasó los cambios que observó en la educación: cuando comenzó, recuerda que la escuela era mucho más tradicional, los alumnos permanecían de pie junto a sus bancos antes de que ingresara el docente y había silencio para comenzar la clase.

Con el paso de los años, sin embargo, vio modificarse los roles. Según expresó, actualmente existe una mayor preocupación por evitar que los alumnos se frustren, mientras que anteriormente tenían que cumplir con el programa, rendir los exámenes y afrontar las consecuencias de no haber aprobado.

A partir de su experiencia entendió que también cambió la relación de las familias con la escuela. Antes, si un alumno faltaba a una evaluación o tenía una mala nota, muchas veces al día siguiente aparecía su padre para preguntar qué había sucedido, cómo estaba trabajando y cómo se comportaba.

El entrevistado consideró que hoy muchas situaciones se abordan de otra manera y cuestionó lo que define como una tendencia a colocar a los jóvenes “en cajitas de cristal”. Para él las dificultades también forman parte del aprendizaje y la vida termina presentando obstáculos que no siempre pueden resolverse con nuevas oportunidades o con otro trabajo práctico.

En esa comparación también aparece una diferencia que considera importante: antes, la escuela no solamente transmitía conocimientos, sino que también enseñaba normas de convivencia, responsabilidad y límites.

Fajdic dijo que durante sus 37 años de docencia bajó el celular del auto en dos ocasiones: una para recibir la invitación de sus alumnos a la fiesta de fin de curso y otra para poder sacarse una foto el último día.

Matemática aplicada a la vida cotidiana

El profesor comentó que sus clases tenían una duración de dos horas donde el objetivo principal era cumplir con el programa y lograr que los alumnos comprendan los temas. Sin embargo, se tomaba pequeños lapsos de tiempo para conversar con la clase y relacionar los contenidos con situaciones reales; generando un espacio de dispersión para poder continuar con el contenido luego de renovar la energía.

Durante su carrera tuvo 2.544 alumnos registrados: él conservó todas las listas de sus cursos durante años para poder reconstruir esa cifra cuando llegara el momento de jubilarse. Sin embargo ese número no incluye a los alumnos de las suplencias que realizó, motivo por el cual calcula que hubo alrededor de 200 alumnos más.

Más allá de la cantidad, destacó que siempre tuvo una buena relación con sus estudiantes. Reconoció que pudo haber discutido con alguno y que durante sus últimos años se volvió “más peleador”, pero lo hacía deliberadamente: no quería dejarles todo servido, quería que encontraran dificultades y aprendieran a superarlas.

Ahí aparece una de las ideas que más repite durante la entrevista: el error también enseña.

Fajdic sostuvo que un alumno que llega a la facultad acostumbrado a obtener 9 o 10 puede encontrarse con un 2, un 3 o un 4 y sentir que fracasó. Pero para él, equivocarse forma parte del proceso. Como ocurre en matemática, explicó, se trata de prueba y error: hay que preguntarse dónde estuvo el problema, qué conocimiento falta y qué estrategia nueva se puede utilizar.

Evaluar no es solamente mirar una prueba

Al principio de su carrera la lógica era más directa: el alumno demostraba en una hoja lo que sabía y esa era la referencia. Con la experiencia comenzó a entender la importancia de la evaluación continua, de observar el proceso y conocer el punto de partida de cada estudiante.

Eso no significa regalar notas ni bajar las exigencias. Por el contrario, sostiene que todos los alumnos deben alcanzar los contenidos necesarios y tener las mismas oportunidades de conocimiento; pero también hay que mirar el esfuerzo.

Recuerda especialmente a un alumno que trabajaba en un psiquiátrico. Tenía 18 años, terminaba su jornada laboral alrededor de las 22 y aun así llegaba a estudiar. Obtenía 7 u 8 y Fajdic valoraba especialmente ese resultado porque conocía el esfuerzo que había detrás. Explicó que «la nota no se regala», sino que se debe tener en cuenta el proceso y las condiciones en que cada alumno trabajó.

Un profesor no tiene que ser el más carismático

Cuando se le preguntó qué debe tener un buen profesor de matemática, su respuesta fue concisa: “Primero tiene que ser buena persona”. Después aparecen la disciplina, la conducta, el conocimiento y la capacidad para transmitirlo.

Para él, conocer matemática no alcanza, saber transmitirla es algo esencial en la docencia: un mismo contenido puede necesitar una explicación diferente para distintos alumnos: un plan A, un plan B y hasta un plan C.

Él mismo estudió guitarra y también es profesor de música y de folklore, pero eso no significa que se sienta preparado para enseñar cualquier disciplina. Si lo que domina y para lo que se preparó es matemática, entiende que eso es lo que debe enseñar: “No puedo venir a chamullar a la escuela”.

La pandemia y el regreso al aula

Fajdic recordó que no se sentía cómodo con las clases virtuales por Zoom o Meet. Los alumnos podían estar o no estar frente a la cámara y él prefería el contacto presencial. Cuando llegó el momento de regresar, fue uno de los primeros en volver al aula con felicidad.

Después de casi un año sin estar con sus alumnos, volver le generó una fuerte emoción. Los cursos se dividían en grupos de 15 estudiantes y asistían en semanas alternadas. Ese sistema permitió algo que él considera significativo: los estudiantes permanecían separados, había menos distracciones y prestaban más atención. El programa pudo desarrollarse.

Recuerdos y anécdotas del aula

Entre sus recuerdos hay escenas que hoy parecen difíciles de imaginar.

Una de ellas ocurrió durante una evaluación. Faltaban unos 20 minutos para terminar cuando se cortó la luz. Las preceptoras recorrían los pasillos con velas en medio de la oscuridad para poder alcanzarlas a cada salón. Los alumnos entregaron las pruebas como pudieron y después fue necesario determinar quién había terminado y quién no.

En otra ocasión, durante un invierno, la escuela había retirado los marcos de las ventanas porque estaban deteriorados. La obra quedó inconclusa y las clases continuaron en la planta baja tras el receso invernal, con grandes agujeros donde antes estaban las ventanas y sin calefacción.

También contó que un grupo de alumnos había encontrado un ave muerta en la calle y decidió colocarla dentro del escritorio de una profesora que tenía fama de ser severa. Fajdic estaba dando clase en el salón de al lado cuando escuchó los gritos de la docente corriendo por el pasillo.

La consecuencia fue una amonestación colectiva. En aquella época existían las amonestaciones y había que dejar asentado qué había sucedido. En ese caso, la explicación quedó resumida de una manera que todavía recuerda entre risas: “Asunto: pato”.

Por último recordó que un grupo de alumnos quería que fuera suplente de una profesora y, como él ya tenía muchas horas de trabajo —unas 49 semanales en promedio y algunas veces hasta 53—, los estudiantes decidieron hacerle una broma a quien finalmente tomó esas horas.

Pusieron pegamento en una silla. La profesora, vestida de blanco, se sentó y terminó con los dedos pegados al pantalón y a la silla. Más allá de las travesuras, Fajdic rescata algo de aquellos grupos: cuando cometían un error o hacían este tipo de bromas, muchas veces se hacían cargo.

El momento de retirarse

Fajdic había tomado la decisión de retirarse del Estado y luego continuó algunos años más en el colegio Santa Rita. En 2022 comenzó a pensar seriamente en el retiro, y la conversación con una alumna que le preguntó por qué no se quedaba en su casa y aprovechaba para andar en moto, terminó de instalarle la pregunta.

Ese día fue a la dirección, donde se encontraban el secretario, la vicedirectora y otros integrantes de la institución que habían sido sus propios alumnos: «Les dije que me iba y pensaron que estaba enfermo». Cuando les aclaró que su decisión había sido jubilarse, hubo abrazos y lágrimas.

Después de no trabajar durante 2023, en 2024 volvieron a llamarlo para sexto año y aceptó. El primer día volvió a sentir aquel nudo en la garganta que había aparecido tantas veces durante su carrera. Finalmente, trabajó durante 2024 y 2025 y decidió que ahora sí era el momento definitivo de retirarse.

Incluso durante esos últimos años incorporó herramientas que antes no había utilizado. Después de las clases presenciales, grababa ejercicios desde su casa, armaba explicaciones y las subía a Drive para que sus alumnos pudieran volver a verlas antes de una evaluación.

Una nueva vida después de la escuela

Durante muchos años trabajaba mañana, tarde y noche. Llegaba a salir de su casa a las 7 de la mañana y volver alrededor de las 22:00. Durante 24 años tuvo jornadas de ese estilo y prácticamente no tenía tiempo para sí mismo.

Eso también significó perder momentos familiares. Recordó que aunque siempre llevó a sus hijos a su primer día de clases, su trabajo hizo que estuviera ausente en otros momentos de su crecimiento. Hoy sus hijos tienen 32 y 27 años y él disfruta poder recuperar parte de ese tiempo: cocina, ordena la casa, los ayuda cuando lo necesitan y reconoce que disfruta de esas tareas que antes no podía realizar con la misma frecuencia.

También recuperó algo que siempre estuvo presente en su vida: la moto. Se compró la primera a los 12 años y nunca dejó de tener una. Hoy disfruta especialmente de salir a recorrer caminos. Le gusta ir hacia Ranchos, Altamirano y hacer esos recorridos que ya conoce de memoria: “Te ponés el casco y ya te olvidás de todo”, explicó.

Actualmente también hace algunas clases particulares, aunque muy pocas y ya no de manera presencial. En ocasiones, antiguos alumnos o estudiantes le piden que les prepare un video sobre algún tema para estudiar un parcial.

Cuando mira hacia atrás, dice que una de las cosas que más lo fascinó fue poder tomar un conocimiento que a él mismo le había costado comprender, estudiarlo, asimilarlo y finalmente transmitirlo hasta conseguir que otra persona lo entendiera: “Estoy convencido que lo que dejé es mejor que lo que fui yo”, sostuvo.

Más allá de admitir que no sabesi podría soportar durante muchos años más todos los cambios que atravesó la escuela, cuando tiene que responder qué elegiría si pudiera volver atrás, no duda en responder: “Si tengo que sintetizar, yo volvería a elegir la docencia siempre y cuando todas las caritas estuvieran ahí otra vez”.

Después de 37 años, 2.544 alumnos registrados y una vida entera alrededor de la escuela, Fajdic encuentra una última palabra para definir ese recorrido:Felicidad.

LO ÚLTIMO
infobrandsen
Sincronizando noticias…

Por Rocío García Beconi


InfoBrandsen | info@infobrandsen.com.ar | WhatsApp 2223.508499
Seguinos en Instagram | Seguinos en Facebook | Seguinos en Twitter
Sumate a nuestro canal de WhatsApp

DEJA UNA RESPUESTA

Por Favor, deje su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí