Fuente: TN.com.ar – Carolina Amoroso

Aunque somos exhortados a dar y rendir más, los expertos advierten que la compulsión a trabajar puede tener un impacto muy negativo en la salud física y psíquica como también en el rendimiento profesional. En esta nota, una mirada global sobre un verdadero signo de época.

La cultura del ajetreo. Así la definió Erin Griffith en una columna publicada el 26 de enero por The New York Times, que plantea que el culto a la ambición, el sacrificio y el trabajo incesante se volvió prácticamente un imperativo de la generación millennial, los niños mimados del nuevo mundo laboral.

«Bienvenido a la cultura del ajetreo y el trabajo sin parar. Es una cultura obsesionada con el esfuerzo, incansablemente positiva, sin sentido del humor y en cuanto empiezas a notarla queda claro que está en todas partes», dice en su artículo y cita como ejemplos las incontables frases motivacionales que llegan a todo tipo de productos, incluso a los claims publicitarios de las grandes marcas.

Así, «Mantén la calma y trabaja duro» bien podría establecerse como un lema de época. Una combinación de consignas que no siempre pueden coexistir y que incluso pueden devenir en una insoportable pulseada de mandatos incompatibles.

Pero, ¿por qué la cultura workaholic se convirtió en un signo de este tiempo? ¿Cuáles son los síntomas de una adicción al trabajo? ¿Qué efectos puede tener a largo o mediano plazo en la salud física y mental? ¿Por qué si sabemos que puede ser potencialmente dañina la seguimos connotando positivamente? ¿A quién le sirve?

El emprendedurismo y el mundo de la tecnología han alimentado mucho la idea de que sólo llegan quienes aportan una cuota de trabajo y determinación por fuera de lo normal. Porque por supuesto, del otro lado de esa empinada y rocosa colina, espera el éxito, el sueño por alcanzar.

Para Andrés Hatum, profesor en la escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella y autor de El Antilíder, hay varios factores que inciden en alimentar este ideario: «Todo te va llevando a eso (al impulso workaholic) por varias razones: primero, por el contexto tecnológico hace que todo sea ya, y después, porque las organizaciones ya no duermen. Vos te levantás y tenés mails desde las 3 de la mañana en adelante y ya sabés que tenés el call cuando todavía estás en pijama».

Con respecto a la historia de la cultura del desgaste, agrega: «En los noventa, empezó a valorizarse mucho al empresario y en los 2000, al emprendedor. Todos queremos armar una app, ser millonarios y estar en la revista Fortune. Pero lo que tenemos que saber es que Steve Jobs y muchos de estos que crearon compañías no son necesariamente ejemplos de buenos líderes. Son workaholics, que han dejado un tendal de historias que no son las más amables a nivel liderazgo».

Aun con estas consideraciones, decirle a alguien «sos un workaholic» no parece ser del todo malo. «A la gente le encanta hablar del estrés porque le encanta sentir que son importantes y que tienen muchas cosas para hacer», dice Eduardo Keegan, profesor de Psicoterapia de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Y agrega: «Es una cosa cultural, muy norteamericana, que tiene que ver con la ética protestante y con el capitalismo, que ya señaló Max Weber. Hay una cultura del trabajo que implica que tenés que ser ambicioso. Lo que es nuevo es que la tecnología te permite ser workaholic de una manera diferente. Porque podés seguir trabajando desde donde estés, entonces magnifica eso a niveles insondables».

Si bien son muchas las historias que, con una cuota de épica, glorifican la ambición y el sacrificio, también hay ejemplos de que el éxito puede venir de la mano de una mejor calidad de vida. Tal es el caso de la empresaria de medios Arianna Huffington, que se convirtió en una suerte de activista del buen descanso después de transitar un momento de quiebre. «El éxito del Huffington Post (el medio digital que creó) sucedió cuando yo empecé a cuidarme a mí misma», contó en una entrevista a CNBC.

El punto de inflexión para Huffington llegó en 2007, luego de que se desplomó frente a su escritorio y logró recomponerse minutos después, para encontrarse ante un charco de sangre y con su hija de escasos dos años mirándola. «Puedo asegurarte que cuando estoy exhausta, soy la peor versión de mí misma. Soy más reactiva, menos empática, menos creativa», agregó.

Con respecto a las características del workaholic, Forbes (una publicación que sigue de cerca el mundo de los negocios y sus referentes) publicó tiempo atrás una lista pormenorizada de los signos más representativos. En una columna firmada por la psicoterapeuta Amy Morin, enumera entre otros, los siguientes: «Pensás en cómo podés liberarte más tiempo para trabajar», «pasás más tiempo trabajando de lo que tenías previsto», «trabajás para reducir sentimientos de ansiedad, culpa, desesperanza o depresión» y «trabajás tanto que esto influye negativamente en tu salud».

Según Morin, si se responde «a menudo» o «quizás» en uno de estos ítems, es probable que, en algún grado, la persona sea workaholic. Sin dudas, habrá diferencias con este criterio y también matices en cada caso, determinados por la situación particular y las características de su personalidad.

«Tenés variables, como la personalidad obsesivo-compulsiva, que tienen eso de trabajar en exceso, porque no saben qué hacer con el ocio. Y tienen justamente una visión catastrófica respecto del dinero, que es algo que se ahorra para evitar cosas malas que sucederán en el futuro. Una persona obsesiva va a trabajar de una manera diferente a un narcisista, que tiene más inclinación a ponerse en posición de explotar a otro».

Lo cierto es que más allá de la intensidad con la que se puede manifestar, las consecuencias no deben subestimarse. «Si trabajás en exceso vas a tener irritabilidad, baja calidad de sueño, tensión muscular. Son síntomas típicos. Después podés desarrollar síndrome de burnout, porque empezás a no encontrar sentido a lo que hacés y a perder eficacia. A veces la gente piensa que trabajar más horas aumenta el rendimiento y la productividad y no siempre es así. Además, trabajar en exceso va a tener impacto en las relaciones interpersonales«, dice Keegan.

Por otro lado, observa: «Tenés que buscar un equilibrio entre la demanda del otro y lo que vos estás dispuesto a hacer. Las dos grandes novedades en este tiempo son la tecnología y el fin del sueño de la posguerra. La idea de que si estudiabas y te esforzabas ibas a alcanzar tu sueño. Eso no pasa más. Ahora con esforzarte solamente no alcanza».

Pero la cultura workaholic no sólo es perjudicial para el propio bienestar. También puede serlo para la carrera. «Te afecta enormemente en la posibilidad de seguir promocionando -señala Hatum-. No todo el mundo llega a ser gerente o CEO, pero si tu visión es avanzar en la carrera, ser demasiado operativo te reduce las posibilidades de una promoción».

¿Le conviene a alguien este hábito? Aunque en el corto plazo, podría parecer beneficioso tener empleados dispuestos a exprimir hasta la última gota de motivación para llegar a cumplir con un objetivo, quienes estudian los entornos laborales aseguran que, además de no tener contemplación alguna por el factor humano, no es tampoco una apuesta eficiente a mediano y largo plazo.

«En el corto plazo a las empresas les sirve -dice Hatum-. Hubo un cambio de paradigma en las empresas en los ochenta, que tuvo que ver con el «ing»: el downsizing, el rescoping, que básicamente significó reestructurar dejando en la calle a mucha gente. Y hubo una especie de desamor en la gente con respecto a las organizaciones. Y en el contexto argentino, hay una suerte de cortoplacismo exacerbado. Pero el problema es que si la organización no te pide largo plazo, entonces no se lo vas a dar. Y las organizaciones a las que les va bien a futuro y que son sustentables tienen una planificación estratégica de largo plazo. Cuando hay profesionales solamente ocupados en lo operativo y en el corto plazo, no están entrenados en la visión estratégica. Entonces: viene la competencia, hace algo distinto y fuiste».

En el mismo sentido, Matías Ghidini, de la consultora de Recursos Humanos Ghidini-Rodil, dice: «No es bueno para las personas y tampoco para las empresas. Lo que pasa es que las compañías tienen a veces una mirada sesgada e incompleta, que hace que se mire para el costado cuando se consiguen los resultados de negocio. Pero lo que se viene cambia eso, porque las nuevas generaciones imponen un nuevo paradigma donde el propósito o sentido mata la cantidad de horas o tiempo de trabajo».

La conclusión que se desprende de estas reflexiones resulta simple… pero vale la pena pasarla en limpio: ser workaholic no es uno de esos «defectos» que en realidad encierran una virtud (como la popular frase de entrevista laboral: «Soy demasiado exigente»). Es un hábito potencialmente dañino para la salud y para las organizaciones. Y algo más: suele tener poco o nada que ver con la versión más productiva y feliz de nosotros mismos.

Fuente: TN.com.ar – Carolina Amoroso


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