Desganado, salió de la cama recién cuando llegó su hijo menor. La visita de Fatura Broun, la noche con Jana y los 18 minutos en el estadio de Gimnasia.

Maradona, junto a su hijo menor Diego Fernando el día de su cumpleaños número 60.

En la mesa ratona hay un café con leche, unas facturas, una cajita con edulcorante en cápsulas y una lata de Speed abierta. Al lado está Dieguito Fernando, su hijo menor, sentado en el sillón, con sus dos rodillas flexionadas que hacen de soporte de una tablet en la que mira dibujitos. Atrás, en la mesa del comedor, hay una gorra de YPF, otra con la estrella guevarista y una más, blanca con el número 60, regalada por la ocasión. Hay un par de botellas de agua mineral, tres envases de alcohol en gel, un pack de latas de Speed con el plástico tajeado y una caja de habanos Cohiba.

No era el primer día que amanecía sin energías. Aunque esta vez, el grado de malhumor era superior. No tenía ánimo para celebraciones. Ya había aclarado que no quería ninguna fiesta. Y por esas horas, las primeras de su último cumpleaños, ni se cruzaba por su cabeza estar en la cancha de Gimnasia.



Quienes acompañaron a Diego Armando Maradona hasta sus últimos días aseguran que la noche previa a cumplir 60 años fue la última vez en su vida que tomó alcohol.

La pasó con Jana, que llegó a la casa de Brandsen a la tardecita del 29 de octubre y se quedó a dormir. Fue la única de la familia Maradona que empezó el cumpleaños con su padre.

Tomaron mucho y Diego se fue a dormir alcoholizado.

La adicción se había acentuado y formaba parte del tironeo constante que escenificó la vida -las vidas- de Maradona, con un entorno que fue mutando pero mantenía una esencia: hacer malabares entre tratar de domesticar a la fiera, satisfacer las demandas para que el ídolo se reconozca omnipotente y al mismo tiempo usufructuar los beneficios económicos de estar a su lado.

Diego Maradona en el lugar preferido de la casa en la que vivió en el contry Campos de Roca, en Brandsen.

Diego Maradona en el lugar preferido de la casa en la que vivió en el contry Campos de Roca, en Brandsen.

En esa dinámica, el 26 de octubre apareció Carlos Díaz en la vida de Diego. De la mano de Matías Morla, el psicólogo llegaba con el objetivo de abordar los problemas con el alcohol. Un mes más tarde Maradona murió. Díaz alcanzó a verlo solo cuatro veces.

No era nueva la adicción de Diego. El doctor Leopoldo Luque destaca que mientras él estuvo en su órbita y fue, sin querer o queriendo, en la práctica o en la informalidad, su médico de cabecera, Maradona no tomó cocaína. Pero el alcoholismo eclipsaba los días de Diego desde Dubai, pasando por Culiacán hasta llegar a Brandsen, cuando el aislamiento por la pandemia complicó el panorama, aceleró los síntomas y le sumó un cuadro de fuerte depresión al combo que ya incluía bebidas y psicofármacos.

“Esa fue la última noche que tomó alcohol –afirma una fuente del círculo más cercano-. Porque el 30, en el cumpleaños, no tomó nada de nada. Y ya después empezó la recaída, ni siquiera comía. Llegó la internación en La Plata, la operación en Olivos y la mudanza a Tigre”.

En su última vivienda, juran que no tomó nada. Los datos de la autopsia lo ratifican.



El día previo al cumpleaños 60, un rato antes de que llegara Jana, Sebastián Méndez fue a verlo a Diego. Al lado de un fogón, en el jardín de la casa, hablaron de cualquier cosa menos de fútbol. Cuando Maradona se sacaba la carcasa, siempre dejaba ver el mismo hueco: la ausencia de sus padres.

Las muertes de Doña Tota y Chitoro dejaron un vacío que reaparecía constantemente en forma de lágrimas, de gritos, de pastillas, de alcohol o simplemente de tristeza.

Méndez, su ladero en Gimnasia, le pidió que estuviera en el Bosque al día siguiente. “Yo quería que el día de su cumpleaños estuviera en la cancha. Pero después me lo reproché como un pelotudo”, admite con la crudeza de quien conoce el final del cuento. “Lamento haberle hinchado los huevos para que fuera. Sé que no hubiese cambiado nada, pero ahora adentro de mi cabeza me pasa eso: ‘Déjenlo tranquilo, que haga lo que se le cante un huevo, si quiere verlo por la tele que lo haga, es su cumpleaños…’”.

El viernes 30 de octubre lo arrancó con visitas desde temprano. Morla y Víctor Stinfale llegaron alrededor de las 9. Le regalaron un par de cajas de habanos importados de Cuba y una cava para conservarlos que Diego había pedido.

Stinfale se encargó también de que las latas de Speed (es CEO de la marca de bebidas energizantes) fueran parte del decorado de cada una de las fotos que circulaban.

Un rato más tarde, llegó Luciano Strassera. Lucho, exnovio de Gianinna con el que Diego -que seguía acostado en la cama y sin querer levantarse- tenía una muy buena relación.

Si bien no se veían desde el Mundial de Rusia, Maradona llamó a Lucho cuando se instaló en Brandsen y le pidió que lo entrenara.

“El plan original era entrenar juntos pero él no estaba bien físicamente y entonces sólo tratamos que volviera a caminar”, recuerda Strassera. Varias veces llegó a la casa y encontraba a Diego durmiendo, sin ánimo para levantarse. Ni siquiera quería mirar sus goles en Youtube, algo que siempre lo había motivado para activar recuerdos de su memoria prodigiosa.

En la causa judicial por la muerte de Diego, Strassera declaró que notó un “deterioro cognitivo” que coincidió con los cambios en la medicación que, según le dijeron, había indicado la psiquiatra Agustina Cosachov.

Maradona haciendo ejercicios en el jardín de su casa de Brandsen el día previo a su cumpleaños 60.
Maradona haciendo ejercicios en el jardín de su casa de Brandsen el día previo a su cumpleaños 60.

“A partir de ahí, hay un antes y un después -dice Lucho-. Diego empieza a estar la mayor parte del día durmiendo, y hablando muy poco. Por ende, todo ese progreso que habíamos hecho en la parte física, empezó a ir para atrás. Le costaba caminar, hablar y se lo veía hinchado. Yo lo veía demasiado medicado”.

El reporte forense, que descartó la presencia de alcohol y estupefacientes, detectó rastros de varios medicamentos en la sangre y en la orina de Diego que eran parte del cóctel que lo acompañaba desde hacía años.

Venlafaxina, quetiapina, levetiracetam y naltrexona, un conjunto de anticonvulsivos, sedantes y ansiolíticos que se utilizan para el manejo de alteraciones emocionales y mentales.

Si no hay rigurosidad en las dosis suministradas, las mezclas y el estado de cada paciente pueden ocasionar síntomas prolongados de sedación y somnolencia. La naltrexona, puntualmente, tenía por objetivo frenar el consumo de alcohol. Además, Diego tomaba medicamentos con metoclopramida y ranitidina, para el control de la acidez y otros trastornos a nivel gastrointestinal.

La mañana de su último cumpleaños recién lo activó cuando llegó Dieguito Fernando. Las visitas anteriores no habían conseguido levantarlo de la cama. Con el hijo menor (acompañado por su madre, Verónica Ojeda) se instaló en el sillón y posó vestido con una campera con el logo de YPF (flamante sponsor con el que había firmado un contrato millonario para exhibir la marca durante los partidos del Lobo), una taza de café con leche que enlazaba con la mano derecha y el diario Olé sostenido con la izquierda para que la foto llegara vía WhatsApp y se publicara en la web.

Un pedacito de factura con crema pastelera completó el desayuno. Mientras, a la mesa del comedor seguían llegando regalos: una torta con una Copa del Mundo y una pintura de cuerpo entero con la bandera argentina.

El ritual de encender la velita lo hizo con Dieguito Fernando a upa y un habano apagado colgando de sus labios.


Cuando Fatura Broun​ llegó a la casa de Brandsen Diego estaba otra vez acostado. El arquero era el líder anímico del vestuario de Gimnasia y uno de los futbolistas que mejor había conectado con Maradona.

No había un mejor escenario para encontrarse al Maradona genuino que una cancha de fútbol. Cada tarde que pisaba Estancia Chica saludaba con un beso a sus jugadores uno por uno, sabía a quién debían darle un aumento de sueldo, se preocupaba por conseguirles botines a los más chicos o apuntalaba a los dirigentes para que activaran la mudanza de un juvenil que necesitara cambiar de ambiente.

Fatura siempre lo molestaba con el mismo chiste: “¿Vos quién te pensás que sos, Maradona?”, le decía para encenderle la chispa.

El día del cumpleaños no había ni mecha.

Estar con los jugadores lo motivaba; las restricciones por la pandemia conspiraron con su estado anímico y físico.

Estar con los jugadores lo motivaba; las restricciones por la pandemia conspiraron con su estado anímico y físico.

“Me tiré en la cama y le dije que se levante”, contó el último arquero de Diego. Pero no había caso. “Levantate porque te cago a trompadas”, aceleró Fatu. Y logró el cometido.

Recién en ese momento, la idea de ir a la cancha tomó cuerpo públicamente.

El arribo de la barra brava de Gimnasia a la puerta del country completó la atmósfera maradoneana: bengalas, banderas, pirotécnica, canciones…

Lo venían a buscar, lo necesitaban, pedían por él. Otra vez los malabares constantes entre la persona y el personaje, entre el ser supremo elevado a su carácter de ídolo máximo y un hombre de 60 años, agotado, deprimido y medicado, que no tiene ganas ni de soplar una velita.

Pero había otro motivo íntimo, hasta ahora desconocido, que era el principal motor de Diego para estar en Bosque.

Cuando le contaron que desde AFA Superliga le tenían preparado un homenaje, no se interesó demasiado. Solo pidió su teléfono y marcó el número de Marcelo Tinelli. Lo llamó dos veces, primero de su celular y más tarde del de Maxi Pomargo, su asistente. Maradona le aseguró que iba a decir presente para la celebración institucional porque quería decirle algo.


El diálogo, corto y titubeante, recorrió el mundo. A un costado del campo de juego, el día de su cumpleaños 60, Diego intentaba pedirle ayuda al conductor televisivo para «sacar a Rocío Oliva de la televisión». En la retórica maradoneana, el golpe anímico de haber perdido a quien consideraba en ese entonces el amor de su vida, implicaba el ojo por ojo: «Si no está conmigo, que no esté con nadie». 

No me jodan, ya tengo 60 años

El 30 de septiembre, exactamente un mes antes, se lo había visto a Diego por última vez en una cancha. Empezaban los amistosos y se vislumbraba la vuelta del fútbol tras casi siete meses de inactividad por la pandemia.

Tanta era la abstinencia futbolera que se televisaban los amistosos. Y Maradona fue el actor inesperado en el Nuevo Gasómetro. Llegó con Dieguito Fernando, cada cual con una máscara de acrílico que protegía el rostro para evitar el contacto y minimizar los riesgos de contagio.

Se abrazó con Tinelli, recibió una camiseta de San Lorenzo, lo saludaron propios y ajenos. Juntó al plantel en una ronda e improvisó una charla técnica. Cuando Diego llegó a la cancha ya se habían jugado 8 minutos del amistoso. El tiempo se detuvo con su presencia. Y luego volvió a su curso habitual.

—¿Después de acá nos vamos para el Mundial?—, le preguntó Dieguito Fernando, agarrado a su mano.

Se subieron a la camioneta cuando los suplentes estaban por jugar el segundo partido. Y se fueron.Play VideoCumpleaños de Maradona. Video: El repaso de sus 60 años de vida en fotos

El día del cumpleaños el rival de Gimnasia fue Patronato. Desde la organización del torneo aprovecharon la coincidencia del calendario e hicieron que fuera ese partido el que abriera la Copa. Nadie imaginaba que un mes más tarde pasaría a llamarse Diego Maradona.

—“¿Por qué ponen un amistoso a esa hora?”—, había preguntado Diego en la semana. Y le indicaron que el partido del viernes ya era por los puntos.

Minutos antes de salir para la cancha, llegó Gianinna a la casa de Brandsen. Diego estaba en su lugar predilecto de la casa, sentado en una silla de plástico, en el jardín, al lado del fogonero que era testigo de las charlas nocturnas más profundas.

Justamente para el cumpleaños le habían obsequiado un fogonero al que se le podían añadir implementos para cocinar a la cruz y asar los pescados que se hacía traer de Corrientes, la provincia en la que nació y se crió Chitoro.

Diego solo se encargaba de comer. No lo pescaba ni lo cocinaba. Pero el ritual lo cautivaba. Una mañana, Morla hizo sonar el teléfono del intendente de Empedrado, una ciudad de 13 mil habitantes en el noroeste correntino. Diego se había levantado con el capricho de querer ir a pescar. Y esa misma tarde estaba subido a una lancha con un grupo de pueblerinos. Sacaron dos dorados enormes y se quedaron toda la noche tomando cerveza.

Gianinna Maradona palpita lo que será el primer cumpleaños de su padre después de su fallecimiento.

Gianinna Maradona palpita lo que será el primer cumpleaños de su padre después de su fallecimiento.

Gianinna le dio un beso de feliz cumpleaños a su padre y enseguida escuchó el aviso de Verónica Ojeda que advertía que tenían que salir para la cancha. La idea, según afirman fuentes del entorno, era clara: ir, recibir el homenaje y volver a la casa.

Ese día Dalma no estuvo. En la víspera, desde el programa Los Ángeles de la Mañana, criticó ciertas actitudes de su padre y los momentos duros en los que caminó por la cornisa. “Es como pensar que podría no haber sido. Muchas veces hubo gente que vino y nos dijo ‘che, hay que esperar porque no se sabe qué puede pasar’”. Un caso sospechoso de coronavirus en el entorno de Diego alteraba aún más el escenario y sembraba dudas sobre la celebración.

En la tarde del cumpleaños, el Diez recibió dos llamados telefónicos que lo alegraron. Uno de Cristina Kirchner y otro de Nicolás Maduro. También le mandó un mensaje especial Ronaldinho. Y se sumó al video que publicaron desde la cuenta oficial de Instagram en el que una catarata de estrellas se unió en más de media hora de saludos, desde Mourinho a Bochini, pasando por Cannavaro, el Pato Fillol, Del Potro, Burruchaga y tantos más.

Salieron para el Bosque en dos camionetas. Junto a Diego viajaron Lucho Strassera, Gianinna, Verónica y Dieguito. En el otro vehículo, los hombres de la seguridad privada y Maximiliano Pomargo, cuñado de Morla y asistente permanente desde su última etapa en los Emiratos Árabes.

“El fútbol argentino te debe mucho”, se escuchó que murmuró Chiqui Tapia al oído de Maradona.

La imagen de Diego que recorrió el mundo fue elocuente.

A las 18.53 salió del túnel y caminó con dificultad y ayuda hacia el banco de suplentes. Dieciocho minutos después ya se había ido. Una torta gigante, un par de plaquetas, un cuadro con la camiseta del Lobo, banderas alusivas. Los saludos de los dirigentes, siempre puntuales para las fotos, y el sillón que quedó vacío.   

Desde su círculo íntimo afirman que no se descompensó en la cancha y que ya estaba planeado que no se quedara al partido. Por eso habían dejado la camioneta en la que Diego llegó, cruzada justo detrás del banco de suplentes, lista para una salida rápida.

Ninguno de los que compartía la vida de Diego por esos días pudo haberse sorprendido del estado en el que apareció en la cancha de Gimnasia. “Estuvo mil veces peor que ese día”, afirman.

Las imágenes televisadas sirvieron para que la señal de alerta dejara de ser interna y pasara a ser pública.

Diego, acompañado por Marcelo Tinelli; el astro estuvo solo 18 minutos en la cancha. Foto EFE

Diego, acompañado por Marcelo Tinelli; el astro estuvo solo 18 minutos en la cancha. Foto EFE

A raíz de su cumpleaños 60 brotaron los recuerdos periodísticos, los documentales, los homenajes… Llegaron pedidos de entrevistas de todos los puntos cardinales. “No quiere saber nada”, devolvían.

Por esos días, Diego utilizaba a la edad como una carta de defensa. Y cuando surgía un cortocircuito con cualquier persona que lo contradijera o intentara aconsejarlo, sacaba el escudo de “no me jodan, ya tengo 60 años”.

Era el mensaje de siempre pero con un nuevo código. Era el “nadie me va a decir lo que tengo que hacer” ahora con el DNI como argumento principal, ocupando el lugar que en su época dorada tenían los goles, los títulos, los contratos millonarios y una fama que lo catapultó sin manual de instrucciones.

Volvió a Brandsen sin saber que la de su cumpleaños sería su antepenúltima noche en esa cama.

El partido que Gimnasia le ganó 3-0 a Patronato quedó de fondo en la tele mientras un catering nutrido se desplegaba por toda la mesa. A la hora de irse a dormir, estaban solamente Johnny, su sobrino, y Monona, la cocinera.

La idea de juntar a sus cinco hijos no llegó a concretarse. La falta de apetito se reiteraba al compás de un desánimo integral. Cuerpo y mente, acostados en una cama cada vez más horas. Pastillas tomadas a destiempo. Médicos que desfilaban a la suerte del día y se perdían en el laberinto de repercusión maradoneana. Asistentes que exprimían el jugo de un ídolo machucado. Familiares que tironeaban de sus propias miserias. Nadie supo ver que la bomba estaba a punto de explotar.

Fuente: clarin.com


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