La familia López Seco tiene tradición tambera: desde hace 50 años están ligados a la producción de leche.

El emprendimiento comenzó con Mario, quien luego pasó el oficio a sus once hijos. Una de las herederas es Rosario. Ella le transmitió el amor por el tambo a sus hijos. Juntos llevan adelante la fábrica de quesos artesanales El Abascay, con certificación agroecológica y estándares adecuados de bienestar animal. Consuelo es hija de Rosario.

Cuando terminó el secundario se mudó a Buenos Aires para estudiar Recursos Humanos. En la capital trabajó en varias empresas, pero casi todos los fines de semana aprovechaba el descanso para volver al campo. Comenzó a sentir que los domingos le costaba muchísimo abandonar la vida apacible de Brandsen para sumergirse de nuevo en la rutina frenética que propone la ciudad.

“Estaba cansada de vivir en Buenos Aires y de la vida de oficina y además quería apoyar el emprendimiento familiar. Hace tres años decidí regresar al campo, queríamos agregarle valor a la producción de leche porque la industria lechera nos pagaba muy poco por nuestro trabajo. Entonces decidimos comenzar a fabricar quesos. Después de muchas pruebas y errores conseguimos la receta”, dice Consuelo. El emprendimiento quesero comenzó al mando de Rosario y Consuelo. Lo bautizaron

“El Abascay” porque por uno de los campos pasa un arroyo que lleva ese nombre. La marca tiene una mariposa en honor al abuelo Mario. Madre e hija empezaron de cero: criaron a los terneros mientras avanzaban con las pruebas de los quesos.

El primero que hicieron fue un semiduro y un “campeche”, en honor a su tío a quien llamaban con ese sobrenombre. La primera producción fue testeada por familiares y amigos. “Al principio creo que era una porquería. Teníamos leche y ganas pero hasta llegar al producto final nos costó mucho”, dice Consuelo.

En El Abascay, ambas emprendedoras están detrás de todo el ciclo productivo: desde la siembra libre de pesticida hasta la crianza de las vacas y la producción de leche. Así lograron fabricar quesos artesanales con certificación agroecológica y van por más: ahora están tramitando el sello de producción orgánica. De a poco se fueron incorporando trabajadores y familiares.

La jornada en El Abascay comienza a las cinco de la mañana y termina tarde. Hoy en día, en el tambo trabajan 15 personas para atender a 200 vacas. Producen 3500 litros de leche por día y reparten quesos a varios puntos del país. Entre las variedades que hacen están: el Campeche, Gouda, saborizados, cremoso, sardo, sbrinz y halloumi; además hacen ricota, manteca y próximamente dulce de leche. “Para mi Abascay es todo. Además de ser un proyecto laboral es un proyecto de vida en el que está toda mi familia.



No es solo un negocio económico, producimos alimentos de manera consciente y me siento orgullosa de los que estamos vendiendo. Aportar desde mi lugar en la producción de alimentos sanos y con un vínculo respetuoso con los animales y el medioambiente. Trabajar con mi mamá es un privilegio”, dice Consuelo.


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