UN BALAZO QUE RETUMBA EN NUESTRA CONCIENCIA

Había nacido en 1923, en el Barrio El Mondongo de la Ciudad de La Plata, en 68 entre 1 y 2. En un barrio orillero como a él le gustaba decir.  Calles de tierra, que por aquel entonces se transformaban en barriales  cuando la lluvia se ensañaba. Barriada en la que habitaban mujeres y hombres humildes y laboriosos.  De su padre, Juan, carpintero y ebanista y de su mamá Aída heredó la habilidad manual que le permitió distinguirse como uno de los más brillantes cirujanos que nuestra tierra haya dado. Se llamó RENE GERONIMO FAVALORO

Fue la consecuencia de aquellas vivencias de su niñez, de su  auto-disciplina y del insaciable afán por aprender cada día un poco más, sin abandonarse a fatigas ni claudicaciones. Tal vez por eso nunca se olvidó de sus maestros y profesores. No perdía la oportunidad de recordarlos. Por muchas que fueran las décadas que lo separaran del alumno que había sido, tanto  de la escuela 45 de 68 y 116, por donde cruza la Diagonal 73, del Colegio Nacional o de la Facultad de Medicina. Desde la señorita Alonso, su maestra de primer grado a sus profesores de medicina, Rodolfo Rossi, Cieza Rodríguez, Egidio Mazzei  o José María Mainetti . Pero sin lugar a dudas su carácter de profundo humanista,  se comenzó a forjar en las aulas del Colegio Nacional, en donde entendió que poco valen los conocimientos técnicos, si los mismos no están al servicio de un compromiso social  que aliente un ideal de justicia y libertad. Para alimentar ese fuego estaban allí educadores como Hilario Magliano, Romero Brest, Ezequiel Martínez Estrada , y otros de la misma talla, todos bajo la dirección de Don Pedro Enríquez Ureña, un apóstol de la educación,  un americanista como hubieron muy pocos. “Un romántico que quería el orden, un poeta que admiraba la ciencia”. como supo definirlo Ernesto Sábato

En  esa arcilla se moldeo René Favaloro. Esos fueron  los elementos fundamentales que le dieron identidad. Por un lado el ejemplo que emanaba del esfuerzo  honesto y fecundo de su familia, que nunca supo de renuncios , por él otro  sus maestros que más allá de los conocimientos  que transmitían, abrían el pensamiento para alumbrar  espíritus libres, capaces de ir en procura de un ideal. A su abuela materna, que le inculcó el amor por la naturaleza y con la que cuidaba, siendo muchachito, los almácigos de la  huerta familiar  le dedicó su tesis doctoral con esta palabras: A mi abuela Cesárea que me enseño a ver belleza hasta en una pobre rama seca”. A Henríquez Ureña lo homenajeó con un libro “Don Pedro y la Educación” que escribió cuando ya tenía más de setenta años.

Al poco tiempo de recibido deja la  ciudad, para vivir la etapa más trascendente de su carrera según su propio decir. En 1950 se convierte en médico rural. Allí va también dos años después su hermano Juan José. Instalados en Jacinto Arauz  vuelcan todos sus esfuerzos de médicos jóvenes e idealistas. Crean un banco de sangre, reducen la mortalidad infantil a su mínima expresión, instalan una sala de cirugía, compran un equipo de rayos X.  Pero su destino no era ese, sus inquietudes iban más allá. Interesado en especializarse en cirugía cardio vascular, y por sugerencia del Dr. Mainetti , quien fuera su  profesor ,parte a la Cleveland Clinic, en la que transcurre 10 largos años. Es allí donde desarrolla la revolucionaria técnica quirúrgica popularmente conocida como bypass.

Cuando luego de 10 años decide regresar a nuestro país, el Director de La Cleveland manifestó “El amor que siente el  Dr. Favaloro por su patria, priva a los Estados Unidos del cirujano más fino que hayamos tenido”.  A pesar de los ofrecimientos que le llegaban de los centros médicos más jerarquizados del mundo en 1971 está nuevamente en Buenos Aires, para encarar un nuevo proyecto. Un sueño. Una nueva utopía.

Supo decir por aquel entonces  ”Vivo enraizado con mi país. Pero quizá por mi devoción a San Martín, Bolívar, Sucre y Artigas sufra más como latinoamericano que como argentino, a pesar  de estar machimbrado con mi tierra”.

Sus colegas admiraban de él la velocidad y precisión de sus procedimientos quirúrgicos. Cuando salía del quirófano, al terminar alguna intervención, se acercaba a los familiares del paciente recién operado y les decía hicimos el 93% que nos correspondía, el 7% restante lo tiene que hacer “el de arriba”.  Ahí no nos metemos.-

René Favaloro nos acariciaba el orgullo pueblerino cada vez que manifestaba su admiración por “nuestro”  Enrique Frutos Ortiz. Habían sido compañeros de estudio  y médicos internos en el viejo Policlínico platense .  El Dr. Ortiz,  siempre manifestó  por Favaloro un profundo afecto  y consideró una injusticia que no se le hubiera otorgado el premio Nóbel , en virtud del aporte fundamental  que permitió salvar muchísimas  más vidas que la mayor parte de los descubrimientos médicos de los últimos treinta años. Había dicho el New York Times  en 1992: “Favaloro es un héroe mundial que cambió parte de la medicina moderna y revolucionó la cirugía coronaria”.

Me hubiera gustado ser su amigo, tan solo para hablar de Gimnasia y de Lanús. De nuestros desvelos triperos y granates. Que  me contara de la radicheta y de los tomates que cultivaba en los Estados Unidos con semillas que había llevado desde aquí  para saborear una ensalada con genuino sabor criollo. O de los inolvidables atardeceres en Jacinto Arauz. Tan solo escucharlo, quizá para recibir su afecto sanador. Porque Favaloro irradiaba una acción  sanadora, en realidad la sigue irradiando, como algunos curas que ostentan  esa virtud. Si no me cree, pruebe escucharlo o viendo algún video de los que andan por ahí. O  leyendo sus libros o los reportajes que han quedado. Favaloro vivía el deleite de la conversación, un arte que lentamente vamos perdiendo. Me refiero a la conversación nutritiva, proteica. La conversación como ejercicio de la inteligencia, la que transfiere sabiduría de la manera más natural.

Había quedado viudo. Con María Antonia, su compañera desde el colegio secundario no había tenido hijos. Un amor crepuscular había llegado a su vida, un amor tardío que no llegó a  proveer el alivio que su espíritu necesitaba.

La situación económica de la Fundación lo agobiaba. Estaba cansado de tanta lucha y del derrumbe de los valores morales con los que debía convivir. A pesar de todo eso insistía: “Estoy convencido que a esta sociedad consumista, cegada por el mercado la sucederá otra que se caracterizará por el hecho trascendente de que no dejará de lado la justicia social y la solidaridad “

En ocasiones manifestaba su tristeza y recordaba aquellos versos de Alfredo Zitarroza con los que tanto se identificaba:”Quisiera decir que tengo /  alegría en lo que doy / pero con mi canto voy / más triste de lo que vengo”.

Pidió ayuda a empresarios, políticos, gremialistas. Algunos de ellos le debían mucho dinero a la Fundación.  De esa  caterva de mal nacidos algunos le contestaban  con el silencio de la  indiferencia, otros pidiéndole coimas.

El miércoles  29 de Julio  se cumplieron veinte  años del día en que decidió partirse el corazón de un balazo.

Un balazo que aún retumba en nuestra conciencia.-       

R.S.


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