Por Juan Carlos Tracogna

Steens Hotel, estilo siglo diecinueve, habitación del primer piso. Escucho gritos que vienen del parque. Me asomo por el ventanal y no veo a nadie, todo en su lugar. Pasan cinco minutos y otra vez, una mezcla de aullidos y lamentos que se entrecortan y de a ratitos vuelven a la carga. Entreabro las cortinas pesadas que dan al parque, miro a lo ancho y largo, nada de nada, ni un alma en las inmediaciones, el follaje de los arbustos brilla por el rocío.

Así comenzó todo en el anochecer de mi primer día en la ciudad de Bergen (1). Había llovido como llueve en esa ciudad todos los días del año, de manera torrencial, no había paraguas que aguantara los embates del agua y vientos cruzados. En el Nygårdsparken el lago desbordante era un espejo en el que se reflejaban las estatuas y el monte frondoso que se perdía hacia adentro. El parque parecía demasiado grande, desde la ventana no podía imaginar su extensión pero me impresionaba esa masa espesa y recóndita por donde se la mire. Antes de ir a dormir salí a dar una vueltita, me llamo la atención no ver a nadie en cuatro manzanas a la redonda, las residencias vecinas al hotel cerradas y con la luz de afuera apagadas, apenas eran las siete de la tarde. En el hotel nada me pareció fuera de lo normal y el personal tampoco me puso al tanto de alguna situación extraña. Me acosté dando vueltas sobre el enigma de esa bulla persistente. ¿Qué carajo pasa en el parque de enfrente? Mi primera intención fue dejar la investigación para el día siguiente, pero esa noche no pude dormir, ante cada desmán me levantaba y sin prender la luz me puse a espiar envuelto en la frazada que arranqué de la cama. En una de esas y por la luminosidad pobre de una farola alcancé a ver bultos que se movían erráticos y luego se evaporaban tras la vegetación compacta. Pasé horas observando desde el ventanal, no se calcular el tiempo, la cosa que cuando me cansaba volvía despistado a la cama esperando el capítulo siguiente, me di cuenta que estaba asistiendo a una película que ocurría afuera pero de la cual yo ya formaba parte del elenco. No podía ser, había pagado un hotel de cinco estrellas y tenía el derecho a descansar como dios manda. Sin duda me había equivocado en la elección del hotel y en la idea que tenía de Bergen. La imagen de orden, progreso y pulcritud de la segunda ciudad noruega −capital europea de la cultura− no encajaba con las cosas que ocurrían ante mis narices.

Al día siguiente en el desayuno preferí no tocar el tema, la atención del personal era exquisita y me pareció prematuro hacer un planteo así. A pesar de la lluvia que volvió a inundar la ciudad salí con paraguas dispuesto a recorrer los puntos más atractivos: escalé el monte Fløyen, recorrí el histórico Briggen, conocí la fortaleza medieval de Bergenhus y el Gamle Bergen. Volví hecho sopa pero con el plan cumplido. A la tarde sí, no aguanté más, preparé mi camarita y salí resuelto en dirección al parque, apenas me quedaba un día antes de partir hacia los Países Bajos. Aproveché una tregua del tiempo, crucé la calle y me interné por un cantero husmeando a trescientos sesenta grados.

Caminé con pasos medidos entre cercos de estatuas y bajo la copa de los árboles que al cerrarse le daban al paseo un aspecto tétrico. Pronto vi esfumarse el balcón verde claro de mi habitación y las residencias de al lado que dibujaban una línea curva lindera con el parque. La verdad que me sentía inseguro pero una curiosidad insaciable me decidió a seguir, fui reconociendo lo intrincado del parque y sobre todo la proliferación de recovecos y laberintos en los que podía quedar atrapado. Con sigilo eligí un sendero aunque sin saber bien a dónde me llevaría. Opté por una veredita de mala muerte, cuando alcancé una fuente octogonal debajo de una glorieta me asaltó la escena tan temida; decenas de cuerpos tendidos sobre una pendiente se pusieron de pie al verme. Quienes eran, qué querían, se levantaron como resortes al unísono, la curiosidad, ese rasgo que de chico ponderaban mis padres, en esta ocasión me estaba metiendo en un lío y ya no podía volver.

Me hice el distraído, bajé la visera hasta las cejas y alargué el paso. Yo seguía y ellos también. Me sentí perdido, empecé a respirar cortito, con dificultad, presintiendo el choque apuré mi andar y encaré el infierno. La reacción fue la misma que había escuchado por la noche desde mi habitación, era un coro desafinado de berridos que ahora crecían por cien. Quedé a merced de no sé quiénes, llegaron en banda y se me abalanzaron, muchachos y  chicas esqueléticas, con los ojos saltones, la mayoría vestidos con un overol y gorro de lana grueso lleno de manchas. Unos se me prendieron como abrojos y otros me tanteaban los bolsillos, sentí las manos ásperas pero no violentas y el alboroto alrededor.

Quise desprenderme a los sacudones pero dos forzudos me sujetaron de atrás mientras algunos me cubrían el paso y no dejaban de reír con sorna. Tenía que zafar de algún modo, pero cómo. Solté una risita sarcástica parecida a la de ellos y eso pareció tener efecto porque los de atrás aflojaron las garras. Miré a uno grandote y de barba que me pareció uno de los capos y le pasé dos billetes que tenía a mano en un bolsillo de la garibaldina. El tipo reaccionó bien, miró el papel a contraluz, quizás porque les parecieron raros, eran pesos argentinos, y se los metió en el bolsillo, por los agarrones saltaron los botones de mi camisa y empezó a llover. Estaba sin saber qué más hacer cuando sonó un bocinazo y para mi asombro el grandote de barba salió corriendo y los otros lo siguieron de atrás.

Después los entendí; ahí estaba el “autobús aguja” repartiendo las jeringas antisépticas como hacen todos los viernes.

Referencia.

(1) Bergen la segunda ciudad más grande de Noruega situada en el oeste del país, su población se estima en tiene en 300.000 habitantes y se la conoce y promociona como la puerta de entrada a los famosos fiordos noruegos

El autor. Juan Carlos Tracogna. (Brandsen 1948). Con su esposa Cristina I. Fernández (también oriunda de Brandsen) reside en la ciudad de Resistencia, Chaco, desde 1975. Sociólogo. Escribe historias de vida, crónica y cuentos (ficción). Ha publicado a la fecha: “Los pies del sol, crónicas, cuentos, microcuentos y otras correrías” (Ed. Dunken), “Allegato in italiano, selezione di cronache, racconti e microracconti” (Ed. Contexto) y “Almacén de cuentos”, una antología en el marco del Taller de Narrativa del escritor Miguel Ángel Molfino.

Juan Carlos Tracogna
E-mail: jtracogna@gmail.com


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