Del interior bonaerense a La Patagonia y de allí a la experiencia del desarraigo en el exterior. Cómo el movimiento marcó su historia. Nota publicada en Clarín.

Su vida estuvo atravesada por cinco mudanzas entre tres países. Un salpicón de recuerdos multiculturales que incluyen los corsos del carnaval de Brandsen, las arepas venezolanas, los días bajo la temperatura más agradable del mundo, en Quito, Ecuador

Después de su primera cobertura de guerra, Carolina Amoroso entendió que había sumado un país, que no iba a poder sacarse a Ucrania «de la piel» nunca más. Que en 18 días había generado memorias más intensas que en estadías largas. Que el «archivo interno» es un extraño sistema de guardado: cada vez que una mujer rezaba, se le disparaba la imagen de su abuela italiana Laura escapando de la Segunda Guerra Mundial.

«Ucrania no es Ucrania. Es Ucraína, la í acentuada que te hace doler el esternón», explica mientras come una milanesa y la disfruta en su pulcro refugio de Núñez. La angustia del viaje se diluyó apenas bajó del avión de regreso y en Ezeiza vio a un grupo que no esperaba, los venezolanos del éxodo, que fueron a recibirla. Terminaron todos tomando un café con medialunas en la Parroquia de Caacupé, en Caballito, y las ráfagas que la cacheteaban poéticamente en Río Gallegos.

«Siento que voy a volver a Ucrania alguna vez», dice bajito, como quien no quiere despertar a alguien. «Siempre intento volver a los lugares que me marcaron. El periodismo fue mi forma de encontrar en un trabajo la cáscara para hacer un viaje hacia adentro. Eso lo entendí temprano y fue la razón por la que abracé al periodismo casi como un amor. Es mi romance más duradero. Me cuesta verlo solamente como mi trabajo. Lo pongo de excusa, porque es el viaje en el que me embarqué para tratar de ser un poco mejor».

Ahora todo es confort en este departamento tan blanco, pero hace semanas Carolina pasó por la experiencia del hambre y el frío. La estadía ucraniana con nieve de fondo incluyó cenas en las que el estómago tuvo que arreglarse con un huevo duro, o un trozo de queso enlatado. Pudo haber sido hostil, pero el camino se hizo leve. Nada mejor que el sufrimiento ajeno a la vista para aprender a minimizar cualquier situación propia. Compartir entre seis un espacio de 30 m2 alquilado vía Internet, en Lviv la primera noche, podía ser un lujo en medio del desastre.

En su valija, cuenta, llevaba «protección extra»: una estampita de la Virgen de Chiquinquirá (imagen a la que conoció en Maracaibo), un San Expedito y algunas siluetas más. Esos «escudos» de papel, amparos de la fe, se explican desde aquella «nona» migrante que nunca logró hablar bien el español y sembró en Carolina la curiosidad por investigar los desplazamientos sociales.

«Si tuviera que resumir mi historia en un diagrama de Venn, soy una intersección, o al menos quisiera serlo, entre mis dos nonas», piensa. «Laura, estoica, la nona con la impronta de la matriarca italiana y sobreviviente a todas las guerras posibles, y la abuela materna Zulita, que quería ser poetisa y tenía un vínculo profundo con lo delicado, el detalle, y con la aproximación al otro. Siempre pienso en esa delicadeza para acercarme al dolor del otro».

La travesía entre Brandsen y Ecuador

El abuelo Amoroso llegó desde Chieti, Abruzzo, Italia, durante la Segunda Guerra Mundial. Criada en Brandsen, en un barrio obrero, hasta sus ocho años «la italianidad» lo envolvió todo. Pero entonces llegó la primera mudanza, musicalizada por el viento de Río Gallegos. Poco después, la partitura sería otra y el viento también: empezaría la vida en el Caribe. «Será por todos esos cambios que no tengo miedo a empezar de nuevo».

Sus padres, una profesora de lengua y literatura y un empleado de petrolera, se habían conocido en una fiesta escolar. De esa unión nació primero Juan Pablo, que ahora vive en Canadá y trabaja como programador; y más tarde Juan Miguel, hoy ingeniero. El 14 agosto de 1985, cuando nació Carolina, la seguidilla de «Juanes» se quebró. «Mamá quería mucho una hija, y aparecí yo, que me llamo Laura de segundo nombre, como mi nona».

Los primeros grados los cursó en la escuela pública 10 de Brandsen, institución de la que nunca pudo borrar un detalle bellísimo: un ceibo en el patio. Tiempos de lento ascenso económico y de emoción cuando la familia consiguió la ampliación de la casa, «el sueño de la planta alta».

«Papá trabajaba en Buenos Aires, así que no tengo recuerdos de él de día, porque se levantaba temprano para tomar el tren. Mamá daba clases todo el día, nos cuidaban dos señoras en casa, o íbamos a tomar la leche a lo de mi nona, enfrente», recuerda. Por entonces no había sueños ni lejanos de periodista, a pesar de que su madre le había regalado un juego clásico de los ’80, ligado a las profesiones, en este caso, la valijita de Juliana periodista. Las tardes de Carolina pasaban al aire libre, recolectando flores y mezclándolas con alcohol, como experimentos en los que simulaba ser perfumista.

Con el traslado laboral de su padre a La Patagonia, «Chiqui», como le decían en su núcleo, pasó al colegio privado Nuestra Señora de Luján, se despidió de los abuelos y empezó una seguidilla de migraciones que terminaron marcando su vida hasta plasmar parte de ese sentimiento en un libro, Llorarás, historias del éxodo venezolano. «Me gustaba esa soledad, ese viento, esa sensación de inmensidad, los paseos a Güer Aike, la Patagonia árida. En Río Gallegos empezamos a hacernos muy fuertes en nuestro núcleo de los cinco, algo que nos dura hasta hoy. La vida nos ha llevado a vivir nuestro lazo con libertad, pero es una red que siempre está y no flaquea».

A sus 11 años, cuando parecía que no había más movimientos posibles, la familia armó las valijas hacia Venezuela. Otro traslado por el trabajo de su papá la hizo aterrizar en una nueva escuela, en El Tigre, en el estado de Anzoátegui. Educación privada íntegramente en inglés, compañeros de distintos puntos del mundo… El comienzo de la adolescencia podría haberse convertido en una etapa de incomprensión y aislamiento, pero los lazos venezolanos hicieron todo fácil. «Yo tenía un nivel de inglés de instituto, bueno, pero normal, y la situación me superaba. Eso, más una idiosincrasia distinta, y aun así se me volvió muy amable. Fue un país que me abrazó el alma».

Describe con nostalgia aquella casa con cascada, árboles de mango y de araguaney y una Virgen de Coromoto -patrona de Venezuela- que la albergó cuatro años. Tiempos de canciones de rock de Caramelos de Cianuro, de intentar comer hallacas​ sin éxito (un tamal​​ tradicional), del primer amor, de las primeras despedidas a la distancia, como la muerte del abuelo, ese instante en que vio llorar por primera vez a su padre. «Recuerdo una frase de mi papá que describe a la perfección a Venezuela: acá no se puede ni estar triste».

Mientras en la Argentina se desataba la crisis de 2001, los Amoroso se subieron a un viejo avión Beachcraft y la siguiente «estación» fue Quito. Un nuevo traslado familiar, una nueva escuela con modelo americano y un egreso del secundario que hizo que «Chiqui», como la llamaba el clan, repensara el rumbo universitario. Estados Unidos o regreso a los pagos: se convenció de que la segunda opción sería la mejor, mientras sus padres seguían rumbo a Reynosa, México.

Corría 2003, los hermanos se instalaron juntos en un departamento en Palermo y Carolina se inscribió en la Licenciatura en Comunicación de la Universidad de San Andrés. Se especializó en Estudios culturales, con la idea lejana de ser crítica de arte. Cuando llegó el momento de la tesis («Marginalidad y representación estética en cine y literatura de Brasil, México y Argentina») su corazón parecía «irrecuperable».

Una relación de pareja que se terminaba, altas dosis de melodrama propios de la juventud y un golpe de timón fueron el salvavidas para no pensar en lo perdido: decidió escribirle al profesor que le había ofrecido ser su nexo con los medios con la frase «cuando quieras, estás lista».

«Tenía ganas de activar mi vida y este profesor me recomienda para dos productoras. Una me convoca en el mismo día para un programa en Canal A, Plan Á, con Cecilia Dopazo», recuerda. Su desempeño la llevó a terminar transformándose en productora ejecutiva. Faltaba todavía otro paso: animarse a la Maestría de Periodismo de La Nación, el puente hacia «un nuevo amor», la mística de una redacción y el ejercicio gráfico.

Su primera nota, «que naufraga en el olvido», fue sobre el aumento de la tarifa del subte. Pero llegaron otras que profundizaron su habilidad para el dato, como «La vida en la ciudad, una fábrica de personas sin pareja». Durante cinco años escribió en la sección Espectáculos, hasta que fue convocada para el ciclo de Conversaciones de LN. No imaginaba que el aire podía ser algo tan natural, tan cómodo.

El aterrizaje en la pantalla de TN

«​Lo que Carolina quiere, lo consigue, por apasionada», dice desde Australia una de sus mejores amigas, Sofía Kudlak, una Licenciada en Publicidad argentina que la conoció en la escuela secundaria en Ecuador, la Academia Cotopaxi, de donde egresaron juntas. «Siempre le gustó la actuación, cantar, bailar, siempre brillaba con su sonrisa, recuerdo que lo primero que hizo al llegar de Ecuador fue audicionar para las obritas del colegio».

Radicada hoy en Brisbane, Kudlak compartió el desarraigo en plena adolescencia, además de haberse mudado a Buenos Aires en época universitaria al mismo tiempo en que Amoroso pegó la vuelta. «La recuerdo, como se dice en inglés, outgoing, extrovertida, además de incondicional, destacada como alumna, muy querida por los profesores. Estudió actuación a su regreso, actuó en obras del under, tenía gran pasión por las artes. Fue increíble, pero a la vez natural verla por YouTube, desde Ucrania, yo en Australia. Sabíamos que iba a estar donde está».

La historia del paso a la señal Todo Noticias llegó en 2018. Después de ver su desempeño en cámara para LN, la contrataron para acompañar a Nelson Castro en Bellas tardes. La primera nota en la que tuvo que trabajar fue descontracturada y graciosa, «bichos comestibles, insectos autorizados para su comercialización». No intuía que el crecimiento podía direccionarla como cronista de guerra.

“Caro tiene una característica especial, se conecta con los movimientos migratorios. Por su historia tiene un sentimiento de cercanía”, observa el productor Gonzalo Bañez, quien viajó en el equipo de TN con Amoroso, Eduardo Berisso y Rodrigo Sánchez. “Lo vimos desde que llegamos a Polonia y nos cruzamos con el primer tren de refugiados. Tiene facilidad para relatar la cuestión humanitaria, social. Una persona fría y distante difícilmente pueda relacionarse con la cobertura desde lo sentimental”.

A principios de año, mientras vacacionaba en Brasil y seguía de cerca las declaraciones de Putin, Carolina intuyó que el conflicto tomaría otras dimensiones y habló con sus jefes. «Quiero viajar», les avisó. El día que le confirmaron la noticia llamó a sus padres, pero para no asustarlos escatimó en detalles. En las horas previas se despidió de su papá y sintió alivio. «Me abrazó con orgullo. Él es rudo en el mejor de los sentidos, tiene un vínculo distinto con los sentimientos. Hubo algo de ‘andá tranquila’, y me sentí respaldada».

«Me interesa el destierro. Casi que me obsesiona…», sigue la mujer que se psicoanaliza desde hace más de diez años. «Es un área traumática que llevamos muchos, que se cruza con nuestras historias. Encontrarte con un destierro tan masivo es un golpe seco. Quedarte inmovilizado, sin aliento. No podés dejar de sentir».

Unos días después de la entrevista, Carolina manda un mail como un ejercicio de escritura a la pregunta qué fue el trance Ucrania en su línea de tiempo: «¡Necesito un par de pantalones!, gritaba una chica en la estación de Lviv. Creo que la guerra es sobre todo eso: la humillación. La reducción de la humanidad, toda en la reducción de uno. Ucraína es también el éxodo de las solas. Las viejas de mañana. Son todos los ‘desplazados’, porque es la forma que aprendimos para nombrar a los ‘desterrados’ sin hacer alusión a esa mecánica tan antigua de tortura. Destierro».

Amante de los textos de Clarice Lispector y Oriana Fallaci, tía de Juana y Helena (hijas de su hermano mayor Juan Pablo), simpatizante de Boca, «mala para la cocina y los deportes», la equilibrista de los horarios toma clases particulares de baile en el living de su casa cuando se filtra una franja posible de ocio. Si no mueve el esqueleto, elige la quietud con la voz de fondo de Ella Fitzgerald, P. J. Morton, Cartola o Tom Petty.

De lunes a jueves conduce Bella y bestia, junto a Nicolás Wiñazki en TN, y los fines de semana reparte su energía con otros dos ciclos, radiales: Tres hemisferios, que conduce los sábados de 17 a 19 por Rivadavia (con Adriana Amado y Osvaldo Bazán), y Día de tregua, los domingos de 15 a 16, por Radio con vos. No hay día en que las lecturas necesarias para el trabajo no se cuelen en su vida en pantuflas.

-Hablás del periodismo como tu amor más duradero. ¿No temés que ocupe demasiado lugar y te puedas perder otras cosas?

-No. El periodismo es un matrimonio consagrado. Tuve relaciones largas, de cuatro años, y vivo con felicidad el enamoramiento y también poder estar sola, como ahora. Trato de vivir con serenidad. Para mí la serenidad es un gran valor. «Y viviendo mi sueño traté de justificar mi vida, casi diría de hacérmela perdonar». ¿La conocés? Ese texto de Victoria Ocampo es mi frase de cabecera.

«¿Ves por qué digo que para mí el periodismo es un asunto muy personal?», pregunta cuando ya terminó su milanesa y busca chocolates como postre. Parece a punto de llorar, los ojos parpadean con un brillo especial, pero no llora. La palabra dolor es una de las que más repite en su discurso. «Es que el desarraigo siempre tiene algo doloroso, y también hay dolores heredados. Y otros tan sagrados que son de uno, secretos. Creo que cómo aproximarse al dolor del otro es una definición del otro. A mí me gusta el ejercicio de pensar que me aproximo al dolor del otro como descalza».

Fuente: Clarín


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