Si bien el fenómeno ganó mucha visibilidad con jóvenes que hoy exploran identidades vinculadas a lo animal, una historia inquietante recorrió el país y atemorizó a la Ciudad en la década del 80.

En tiempos en que el fenómeno de los llamados therians despierta curiosidad y debate en Argentina -con comunidades que hablan de vínculos espirituales o identitarios con lo animal-vale la pena mirar hacia atrás y recuperar relatos que, desde otro registro, ya exploraban esa frontera difusa entre lo humano y lo bestial.

Décadas antes de redes sociales y foros digitales, una historia surgida en nuestra Ciudad capturó la imaginación popular y alimentó el temor colectivo con ataques que quedaron registrados en los medios. No se trataba de identidad ni de cultura online, sino de la inquietante aparición del llamado hombre-gato.

Brandsen, agosto de 1984. En una fría noche de invierno, Alicia mira televisión. A oscuras, solo el reflejo de la pantalla ilumina la habitación, como espectros que crecen en la pared. El brasero en una esquina pelea contra los cero grados del exterior. Pese a esto, una ventana se mantiene entreabierta, para evitar la falta de aire. La mujer dormita, víctima de cansancio de la jornada. De golpe, una sombra atraviesa la habitación, luego de saltar desde el marco de la ventana.

Alicia se despierta sobresaltada por lo que claramente identifica como un maullido, busca un gato que se adentró en su casa, pero lo que ve es otra cosa. Es una figura grotesca, enorme, que corre de un lado al otro, dejando sonidos guturales. De golpe, se abalanza sobre ella. Luego de un primer forcejeo, logra zafarse, y grita. La figura retrocede, vuelve a la ventana y desaparece, sin antes volver a maullar. El ataque -reconstruido a partir de testimonios de la época –es el primero de un personaje que desvelará a miles de bonaerenses en aquel año, generando una histeria colectiva pocas veces vista en el país.

Una leyenda urbana que todavía circula, y que parece recuperar las raíces de la vieja tradición europea de la teriantropía. Esta es la historia del hombre-gato. La leyenda de este atacante nocturno, con forma de hombre, pero movimientos y características de felino recorrió el conurbano bonaerense y más en aquel 1984.

Hubo sucesos casi trágicos, gente atacada sin sentido. El miedo era potenciado por las noticias, que todos los días traían novedades del personaje. Los relatos difieren en la descripción. Algunos dicen que era un hombre de 1.80 metros, ágil, que trepaba árboles y techos, otros decían que era más bien bajo, y corría en cuatro patas.

Desde ese primer ataque a Arnaldo Llanos, se registraron en la Ciudad se fueron otros eventos similares; el segundo a un menor de 17 años (Marcelo Castillo), en su caso atacado en la calle y amenazado de muerte. La psicosis de apodera de la localidad, que organiza patrullas nocturnas. Hasta ese momento los relatos eran imprecisos, y el temor era que se tratara de un “sátiro”, como se conocía en esos días a los agresores sexuales.

En la Estación de Policía de avenida Sáenz Peña reciben un llamado del supuesto personaje, desde un teléfono fuera de servicio a nombre de Domingo Di Luca. Los relatos se multiplican, y con esto el miedo. “Yo no soy el hombre-gato”, declara, un instructor de karate acusado de ser el siniestro atacante, ante el acecho de sus propios vecinos.


Como sucede con otras leyendas urbanas, la del hombre-gato tiene raíces rastreables en el país y el mundo. En términos generales, se podría decir que este tipo de mitos responde a lo que se denomina teriomorfismo o teriantropía, que según los estudios sobre mitología es la capacidad de cualquier transformación de un ser humano en animal, ya sea de manera completa o parcial, así como la transformación inversa en un contexto mitológico o espiritual.

A diferencia de los humaniamales o quimeras, como se conocían en la antigua Grecia a los híbridos entre animales y humanos, en este caso se trata de transformaciones temporarias, parciales y temporales. El hombre-gato podría encajar en esta descripción, e incluso especularse que luego de los ataques recuperaba su figura humana, por lo que pasaba desapercibido.

Fuente: Política del Sur / Diario Popular

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