Después de un año de pandemia, siento la necesidad de expresar algunos pensamientos sobre un contexto que expuso al máximo la desigualdad y que deja al descubierto la condición humana en todas sus dimensiones.

El virus ha hecho estragos en todo el mundo, cobrándose millones de vidas y de historias que generan una profunda tristeza. A la par, ha agudizado la pobreza mientras los ricos del mundo se hicieron más ricos, ensanchando una brecha tan absurda que tanto el FMI como los países centrales han puesto en discusión la necesidad de cobrar más impuestos a los que más tienen. Pero las desigualdades que se manifiestan no solo son económicas, sino también exponen las que tienen que ver con el género y de acceso a derechos básicos como vivienda, salud y educación.


Mientras el mundo se ve lidiando contra una enfermedad que va mutando, y que impone trabajar fuertemente para terminarla, también se lucha contra la miseria de aquellos que tienen algún grado de responsabilidad y lo único que hacen es despreciar la vida del conjunto de la sociedad. Y nuestro país, lamentablemente no está exento de estas dos pandemias altamente nocivas.

En todo el globo se están tomando decisiones constantemente, que tienen que ver con la necesidad de buscar la forma de contener el virus. Que puede haber situaciones donde los gobiernos exceden sus potestades y van en contra de las libertades garantizadas por los sistemas democráticos, estaremos de acuerdo y hay que señalarlos. Pero la intención constante de dinamitar todo tipo de herramientas que busquen contener la crisis y sembrar caos es lo que alarma y lo que aún hoy me genera la mayor impotencia y tristeza.

En esta parte del mundo algunos dirigentes han puesto por delante sus miserias y mezquinos intereses por sobre el interés general. Desde el inicio han hecho de su lugar opositor una versión lineal de oponerse a todo lo que se determine desde el gobierno, alentados en un principio por la buena imagen de quienes tomaban las decisiones, envalentonados luego por la exposición de marchas que mezclaban consignas, pero que hacían daño, arrojados ahora a una lógica electoral que, aunque la nieguen está ahí, aparece.

Esto no exculpa de errores que tienen los Gobiernos, que necesariamente deben ser marcados. Pero no se advierte, en lo más mínimo, que aquellos opositores que no tienen responsabilidades de gobierno estén preocupados por llevar al discurso público la necesidad de bajar la confrontación y pensar en el colectivo. Muy por el contrario, buscan hacer declaraciones que apelen a despertar el instinto de indignación, tan predispuesto a ser activado por estos días. Juegan a exacerbar sentimientos, mientras miles de compatriotas trabajan incansablemente por detener el virus, por curar, por aliviar y otros tantos miles que sufren la enfermedad y sus consecuencias, en algunos casos fatales.

Aquellos que apelan a que en Argentina debe manejarse la pandemia según la responsabilidad individual, muestran una irresponsabilidad política que sorprende e indigna. Clamar República y Libertad, alegando en algunos casos “desobediencia” como si esa fuera la cura para salvarnos. Lejos de eso, ayudar a exponernos al virus, a que siga circulando, nos va a alejar cada vez más de la salida.

Por supuesto que desde estas líneas se entiende a quienes tienen que trabajar, a quienes han visto desvanecer su propia economía o a aquellos que los sentimientos y las emociones han hecho que quieran ver a sus familiares o amigos. No es la intención cuestionarnos con lo que hayamos hecho, sino entender que en este contexto aquello que no es necesario hacer no lo hagamos. Aunque haya dirigentes que nos digan lo contrario. Seguramente a ellos no les importe lo que nos pase como sociedad.

Siento la necesidad de expresar estos pensamientos porque he sido representante por un partido político, la Unión Cívica Radical, al que creo haberle entregado mi mayor vocación militante, pero que hoy veo ser un actor desconocido en la vida pública. Hoy, el partido que me dio la posibilidad de ser concejal está caminando bien cerquita de los sectores que apuestan a la bolsonarización, cómodos en el lugar de dinamitar todo puente que se pueda extender para encontrar una salida. El partido humanista, del consenso, del diálogo quedó del lado del grito agudo que nos impide escuchar. Y ya ha pasado un año como para seguir viendo cómo se apuesta al lugar del no retorno, con la esperanza que en algún momento retome el camino que supo transitar.

Deseo profundamente que esto termine, y desde mi lugar, con responsabilidad y solidaridad haré todo lo que este a mi alcance colaborando y pensando en el bien común. Deseo, también, que los que hoy atraviesan la enfermedad se recuperen prontamente y que los que perdieron un ser querido encuentren la paz en el recuerdo.

A quiénes apuestan a que esto fracase:

pensemos y reflexionemos… los miserables nunca trascienden la historia.

                                                                                                        Araceli Sívori


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