Andrés Cepeda, el poeta de los enigmas

1865

ANDRÉS CEPEDA HABRÍA NACIDO EN BRANDSEN. GARDEL USÓ SUS LETRAS Y EL COMISARIO RAMÓN FALCÓN SU LIBERTAD.

Andrés Cepeda fue un enigmático personaje que alternó poesías y delitos hasta el último día de su vida. Roberto Segurado se interesó en el tema, porqué además, hay indicios que habría nacido en Brandsen. (Inclusive Wikipedia marca como lugar de nacimiento a nuestra ciudad). Buscó información. Hizo un trabajo de investigación y realizó una charla organizada por la Junta de Estudios Históricos del Partido de Brandsen.

ANDRES CEPEDA, EL POETA DE LOS ENIGMAS

Lejos estaba de imaginar Andrés Cepeda aquella madrugada del 30 de Marzo de 1910, cuando se le iba yendo la vida, que dos años después Carlos Gardel le grabaría en forma de canciones un puñado de poemas que él había compuesto a lo largo de su corta y azarosa existencia. Tampoco habrá imaginado que veintinueve años después, por iniciativa de Francisco Nicolás Bianco, aquellos versos dispersos, a los que él llamaba “Hojas sueltas” se reunirían en un pequeño libro, que en la actualidad resulta casi inhallable.

Por supuesto, lo que menos habrá imaginado en el momento en que la vida se le escurría por el boquete que una profunda puñalada le había provocado en la ingle, es que hoy, habiendo transcurrido más de ciento ocho años de aquella madrugada, en la Ciudad de Brandsen, nos estemos ocupando de él.
Aquella madrugada, comienzo del otoño en el año del Centenario, Cepeda salió del café La Loba Chica de la calle Méjico casi Paseo Colón y en la Plazoleta de esa Avenida del bajo se trenzó en el duelo criollo que lo llevó a la muerte.

A más de un siglo de aquel desenlace, la existencia de Andrés Cepeda todavía es motivo de controversias e inusitadas discusiones entre investigadores que intentan desentrañar detalles de su vida; una vida tan llena de rastros equívocos, datos contradictorios y manifiestas incoherencias que aún hoy intentamos transitar por las huellas sinuosas que dejó aquel hombre que por circunstancias fortuitas o solapada intención, fue sembrando a su paso un sinfín de pistas falsas, que enturbiaron su historia y los rasgos de su personalidad.

Cuando el agente de policía Juan Quintana, de facción en la esquina de Paseo Colón y Venezuela, llegó corriendo al lugar del hecho lo encontró en medio de un charco de sangre. Inmediatamente supo que estaba ante Andrés Cepeda, ya que aquel poeta libertario que tantas detenciones había sufrido, era uno de los tantos fichados por el “manyamiento”, práctica que en aquel entonces realizaba la policía de la ciudad Buenos Aires, que consistía en llevar de gira por todas las seccionales a los detenidos recurrentes para que los representantes del orden los tuvieran absolutamente reconocidos.
Cuando llegó Quintana, Cepeda todavía respiraba. Dificultosamente, pero aún respiraba. Sin embargo las preguntas del policía ¿Quién fue? ¿Por qué? ¿Hacia dónde escapó? Recibieron como respuesta de aquel hombre herido de muerte, el silencio y los últimos borbotones de sangre que brotaban de aquel rumbo que la puñalada había abierto en su cuerpo. Cepeda no habló. Finalmente su mano crispada se aflojó y soltó el cuchillo. Había muerto.
La muerte, según el informe médico, expedido por el doctor Carlos de Arenaza, se produjo por una herida cortante en el tercio superior externo del muslo izquierdo, lo que le provocó una grave hemorragia externa.

En el parte policial consta que tenía cuarenta años, que era alto, delgado, trigueño y tenía una cicatriz en el lado izquierdo de la cara; vestía saco negro, chaleco de fantasía oscuro con pintas verdes, pantalón gris a rayas, zapatos de cuero amarillo, y sombrero tipo Orión de color negro. Entre sus pertenencias se cuentan el citado cuchillo, marca Bianco, que era de cabo negro con tres remaches de bronce y hoja de veinte centímetros, una vaina de cuero negra, una revista literaria, un pañuelo color lila a cuadros y otro blanco con guardas de color, dos cartas, un portamonedas de cuero colorado con dos pesos moneda nacional, dos facsímiles de billetes de banco, una etiqueta de cigarrillos La Paz, una cartera de color marrón con cuarenta y cinco centavos en monedas, una corbata de seda color gris con pintas granates y estaba registrado en Defraudaciones y estafas con el Nro. 635. Hasta aquí la letra fría del sumario instruido por la comisaría segunda, única documentación válida encontrada.
Había muerto Andrés Cepeda. Y en el preciso momento en que se apagaba su vida se encendía el mito.

Había muerto el poeta que junto a Florencio Iriarte, Elías Regules, Ambrosio Ríos, Saúl Salinas, Arturo de Nava, Nemesio Trejo, Alcides De María, Arturo Mathon, Luis Acosta García y algunos otros, había colocado los cimientos del canto criollo.

Cepeda era un hombre aceptablemente instruído, que supo trenzar lazos de amistad con Fray Mocho, José Razzano, Gabino Ezeiza, José Betinotti y Evaristo Barrios, hombres que con sus más y sus menos determinaron para siempre la cultura popular argentina. Siendo apenas un muchachito supo nutrirse con la lectura de la revista El Fogón, una publicación uruguaya, muy conocida en aquellos tiempos, en la que publicaban sus trabajos los poetas, escritores y payadores rioplatenses.

En el minucioso trabajo en el que Orlando Del Greco recopila las biografías de todos los autores a los que Gardel recurrió para nutrir su repertorio, dice sobre Cepeda: Joven culto. Abandonó sus estudios por causa de malas compañías. Tras delinquir varias veces fue a dar con sus huesos a la Penitenciaría Nacional, en donde escribió la mayoría de sus versos. Esta circunstancia le valió para ser llamado “El Divino Poeta de la Prisión”. Había nacido en Coronel Brandsen, Provincia de Buenos Aires.

El Diccionario Folklórico Argentino, escrito por Ismael Russo y Héctor García Martínez también indica al pueblo de Brandsen como lugar de nacimiento de Andrés Cepeda que en ciertas oportunidades firmó sus versos como Manuel González o Andrés Romero, apellido de su madre.

De ser cierto ese dato, seguramente transmitido de manera oral, y del que no existe ningún documento que lo corrobore, tenemos que determinar fehacientemente la fecha de su nacimiento. Todos sus biógrafos coinciden en el día y el mes: 18 de Mayo, pero difieren en el año. Algunos citan 1879 y otros a 1869. Si tomamos como válido que al morir contaba con cuarenta años de edad, inferimos que el año en que nació es este último.
Tengamos en cuenta que en aquel año de 1869 aún no existía en el país el Registro Civil y que la función de certificar los nacimientos estaba a cargo de la Iglesia, acto que se consumaba cuando los niños eran bautizados. Pues bien; la secretaría parroquial de Brandsen no tiene en sus archivos ninguna Fe de Bautismo que determine el nacimiento de aquel niño que sería con el correr de los años el poeta libertario que en algunas circunstancias supo escudarse bajo el seudónimo Cantos Tristes.

Bueno es recordar que en 1869, año en el que hipotéticamente nació Andrés Cepeda, Brandsen aún no se había constituido como partido, hecho que ocurrió en 1875, y que las registraciones más antiguas que se conservan de nuestro distrito datan de 1882 en adelante.

Pero antes de estas fechas, la región que actualmente reconocemos como Brandsen, tenía una población estable que recurría para cubrir los menesteres públicos a la Iglesia de San Vicente, ciertamente más antigua. Tampoco allí está consignado su bautismo.

Existe si, en el archivo de la secretaría parroquial de San Vicente, un nutrido registro de niños con el apellido Cepeda. Allí fueron cristianizados: en 1861, Francisca; en 1862, Justa y Calixto; en 1864, Silvano, Mónica y Juan; en 1865, María Mercedes, Antonina Cirila y Pilar; en 1866, Clementina; en 1867, Martín; en 1868 Claudia y Lucía Fructuosa; en 1870, Isaac; en 1872, Clara y Desiderio y en 1874 Julián Ginés. De Andrés no se registran datos, ni tampoco de su hermana Zulema.

Tampoco podemos atribuir a que los padres de Andrés no lo hayan bautizado por tener ideas anarquistas, que sí las tuvo el hijo veinte años después, ya que el anarquismo en Argentina recién se comenzó a desarrollar en la década que va de 1880 a 1890, inicialmente, entre inmigrantes españoles e italianos.

Después de la muerte de Cepeda, el payador rosarino Francisco Nicolás Bianco, recibió de manos de su tío Raimundo Bianco, conocido popularmente como “El argollero de Constitución”, los poemas que Cepeda le había obsequiado cuando ambos compartían una larga estadía en la Penitenciaría Nacional.

Aquellas “Hojas Sueltas” estaban precedidas por una carátula que decía: “TRISTE” (poesías) por: Andrés Cepeda. Dedicadas a mi querido Compadre Don Raimundo Bianco (El argollero) Como alto exponente de cariño. (Cárcel Nueva) Bs. As. 17-4-1904
Muchos años después esos versos serían reunidos en un libro que se editó en 1939 y que lleva por título “Las Glorias de Andrés Cepeda”. Manifestaría aquel payador, en un reportaje que le realizaron en el año 1959, que la recopilación y edición, corrió por su cuenta y fue motivada para evitar el permanente plagio y la profanación que sufrían de parte de otros cantores y poetas.

Cuando contaba veinte años Andrés Cepeda conoce a Enrico Malatesta, quien lo incorpora a la redacción del periódico ácrata La Hoja Obrera. Es allí donde Cepeda abreva en la ideología anarquista, lo que le acarrearía aún más desventuras a su vida.

A partir de los veinticuatro años fue detenido en innumerables ocasiones, pero según el historiador Di Santo en ninguna de ellas se argumenta que el motivo sea su filiación ideológica. Siempre se le atribuyeron delitos comunes. Ciertos o inventados. La primera vez fue en Marzo de 1894, en la esquina de Belgrano y Caridad (actual General Urquiza) por portar un arma, un pequeño cuchillo con cabo de madera. Posteriormente fue preso el 13 de Diciembre del mismo año acusado de robarle un reloj de pared a doña Catalina Bares, que vivía en La Rioja 2280. En esa ocasión fue descripto como: argentino, de veinticinco años, soltero, de tez blanca, pelo castaño y bigote ídem, Ojos castaños, Cigarrero, Lee y escribe.

El 7 de Abril del 95 fue preso por ebriedad y desorden. Dos meses después, una madrugada, en un boliche de la calle Soria 530, se produjo una batahola en la que dos parroquianos fueron golpeados y asaltados. Entre los agresores estaba Cepeda. Al mes fue detenido en el almacén de Venezuela y Liniers, otra vez por ebriedad y portación de arma. El 10 de Noviembre de ese mismo año protagonizó una pelea con un tal Félix Gallo. Fue detenido por lesiones. El 3 de Abril de 1896 lo detuvieron por hurto, pero fue sobreseído. Tres meses después, el 20 de Julio protagonizó una de esas grescas míticas del arrabal de aquel entonces. En el almacén de Independencia y Castro Barros, en la trastienda, se cruzaron dos grupos de patoteros. Cuando llegó la policía encontraron a uno de los contendientes con un hachazo en la cara, a otro con las manos tajeadas y el más grave con una puñalada en el vientre. Cepeda había logrado escapar a pesar de los dos balazos que había recibido. Lo encontró grave la policía en su casa de la calle Oruro, pero no le pudieron sacar ni una sola palabra sobre lo sucedido.

El 4 de Enero del 97, como a las once de la noche, Andrés y su patota ingresaron al almacén de San Juan y Alberti, directo a discutir con un parroquiano al que Cepeda cacheteo. Cuando el otro quiso sacar un arma Cepeda lo primereo, le asestó una puñalada y salió corriendo. Estuvo prófugo hasta el 20 de Marzo en que fue detenido en ocasión de querer asaltar a una persona en Deán Funes y Constitución. El 4 de Mayo participó en una pelea entre varios en la calle Pasco entre Cochabamba y Constitución. Lo detuvieron por lesiones. En Octubre otra vez adentro por portación de arma y ebriedad.

Ahí se abrió un período de dieciocho meses de tranquilidad, pero en 1899 volvió a las comisarías. El 26 de Abril por sospecha de hurto y el 12 de Noviembre por tentativa de estafa. Estuvo seis meses preso.

Con el nuevo siglo le fue aún peor. El 29 de Abril de 1900 fue detenido por estafa. Fue entonces cuando la policía avisó: “Este sujeto es conocido por los nombres de Manuel González o Rufino o Rogelio Domínguez y como es un individuo peligroso y carece de bienes y de ocupación soy de la opinión que debe ser conocido por el personal de la repartición”. “El manyamiento” Firmaba la nota el comisario Carlos J. Costa y significó para Andrés ser detenido arbitrariamente durante los próximos diez años, los últimos de su vida. Un verdadero Vía Crucis.

El 19 de Marzo de 1901 fue detenido y enviado al Departamento por desertor a la Ley de enrolamiento. Cepeda declaró que no se había enrolado porque la autoridad se lo impedía, ya que casi siempre estaba preso.

Lo cierto es que aquella policía brava utilizaba los códigos y edictos alegando contravenciones para crear un delincuente reincidente y pedir su vigilancia activa. Un círculo perverso del que era casi imposible salir.
Algunos biógrafos y amigos nunca se animaron a asomarse al abismo de la personalidad de Cepeda. Como parte de esa leyenda compuesta a la medida de aquel compadre de armas llevar, se habla de un primer amor de Andrés con una niña de muy buena posición social que terminó engañándolo, lo que provocó el desmoronamiento moral del poeta.

Pero otros no tienen dudas de que esa leyenda sesgada fue construida para ocultar la verdadera condición sexual de Andrés Cepeda. Miguel Ángel Lafuente y José Barcia, en sendas comunicaciones de La Academia Porteña del Lunfardo, afirman “la versión” de que Cepeda era homosexual activo. Manifiesta Lafuente en la citada comunicación: “Días pasados con los académicos Bossio y Alposta, visitamos al anciano poeta Martín Castro, con quien conversamos acerca de viejos escritores populares. Al referirse a Cepeda nos ratificó Castro que aquel tenía inclinaciones sexuales aberrantes.”

Mientras que Barcía decía: “Hablé con un viejo malandrín que lo conoció y más de una vez compartieron el cuadro de la leonera. Me aseguró que la muerte de Cepeda fue el epílogo de una disputa por la posesión de un muchacho maricón, porque tanto él como su matador eran bufarrachos”.
Osvaldo Bazán en su libro “Historia de la homosexualidad en Argentina” acredita que Andrés Cepeda ostentaba esa condición, lo que le causaba un sinnúmero de disgustos, ya que la mayoría de las detenciones que sufría eran el resultado de la homofobia que imperaba en aquel entonces. Un hombre que pudiendo tener una vida serena y acomodada, afirma Bazán, eligió ser fiel a sus convicciones y a su inquietante manera de vivir”.
Es probable que Gardel lo haya conocido a Cepeda, o que supiera de sus versos oyendo a otros cantores. También pudo ocurrir que a pesar de que Cepeda lo doblaba en edad hayan sido compinches en correrías “non santas” que perpetraron ambos en los primeros años del Siglo XX. Tengamos en cuenta que en su primera juventud, Gardel, que aún era Gardés, apuntado en cierto prontuario como “El pibe Carlitos”, supo coquetear con la aventura y el delito.

Son conjeturas. Lo indudable es que la admiración que le prodigaba lo llevó a plasmar como canciones, los versos de aquel poeta carcelario que había muerto dos años antes.

Cuando “El Morocho del Abasto” realiza sus primeras grabaciones en 1912 todavía no era cantor de tangos, sino de estilos, cifras huellas y canciones criollas. El tango llegaría cinco años después, en 1917, con el registro de la obra de Samuel Castriota y Pascual Contursi “Mi noche triste”.

Fue en los estudios de la Casa Tagini, representantes de los discos Columbia, cuando Gardel como solista, acompañándose con su guitarra, graba los primeros catorce temas de su extensa discografía. Los versos de cinco de aquellas obras habían sido escritos por Andrés Cepeda, aunque el dato no figure en la etiqueta de esos discos y el cantor las hiciera figurar como propias.

Los poemas de Cepeda a los que Gardel recurre para efectuar sus primeras grabaciones en 1912 son:”Hernández”; “A mi madre”; “Gorjeos”; “El Poncho del olvido” y “El almohadón”. La mayoría de ellos con el título modificado y atribuyéndose la autoría de manera exclusiva. Curiosamente, el vals “Es en vano”, grabado en esa instancia y que algunos historiadores le adjudican a Cepeda no tiene ninguna relación con el poema “En Vano”, que grabaría recién en 1920 haciendo dúo con José Razzano con el nombre de “En vano, en vano”. Tampoco es correcto adjudicarle a Cepeda los bellos versos del tango Amargura, homónimo de su poema, ya que estos fueron escritos por Alfredo Le Pera. Si, es cierto, que después de varios años aquella poesía original fue grabada admirablemente a manera de estilo criollo por Mercedes Simone.

Otros grandes artistas ponderaron la obra que nos legara Andrés Cepeda, la mayor parte de ella escrita en la penumbra de la cárcel.

Ignacio Corsini grabó en tiempo de milonga sus versos “La conscripción”, una dura crítica a la ley de servicio militar instituida en la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, en 1901.

La actriz y cantante Lola Membrives también incluyó en su repertorio algunas obras de Cepeda. “El pingo del amor”, en su voz se transformó en un suceso de aceptación popular.

El gran recitador criollo Fernando Ochoa, realizaba brillantes creaciones cuando gracias a su histrionismo conmovía al auditorio diciendo los versos de “El mendigo”, “La pecadora” o “El ciego”. Composiciones melancólicas y no exentas de cierto resentimiento social que calaban hondo en la sensibilidad de la gente simple. Sin retórica ni gran vuelo estilístico, pero sí con un lenguaje sencillo, que se agarraba como abrojo al alma del pobrerío, los poemas de Cepeda instalaban en la voz del pueblo los duros padecimientos de los desclasados.
Más acá en el tiempo, Héctor Mauré grabó como milonga ciudadana “Con el poncho del olvido” y el cantor surero Alberto Merlo realizó brillantes interpretaciones del poema “Gorjeos” que musicalmente se transformó en el estilo “La Mariposa”, y en forma de milonga los versos de “Sobre el pingo del amor”.

Las voces de Nelly Omar y Edmundo Rivero también estuvieron al servicio de los versos de Cepeda dejando versiones memorables.
En el mismo año que Gardel realizara sus primeras grabaciones, es decir 1912, el payador Francisco Nicolás Bianco quien luego sería el recopilador y editor de su obra, graba en discos ERA una milonga con versos escritos por Cepeda en homenaje a Aparicio Saravia, legendario jefe de los blancos en la guerra civil uruguaya, que murió en 1904, luego de la batalla de Masoller, que dió fin a aquella lucha fraticida ”Pobre amigo, si caíste fue en aras de tu deber, los campos de Masoller guardarán tu sombra triste, aunque de luto se viste el corazón del hermano, el soldado y el paisano dirán con triste sonrisa ¡¡Llevaba bien la divisa que honró al pueblo americano!!

Cuando Andrés Cepeda murió, en 1910, era un poeta sin popularidad ni relevancia. Sus versos estaban en boca de cantores de boliche o guitarreros de anochecida, que tenían su auditorio en las materas de las estancias. El disco era todavía un medio incipiente a los que muy pocos habían accedido. No existía la radio. Las grabaciones en cilindros eran muy escasas, y eran mínimos también los hogares que tenían reproductores. No había editado ninguna de sus obras, y su presencia en los diarios de la época estaba restringida a la sección de noticias policiales.

Fueron aquellas circunstancias apuntadas al comienzo: Las grabaciones efectuadas por Gardel en 1912 y la posterior edición del librito que realizo Francisco Bianco los que lo rescataron del ostracismo. Tengamos en cuenta que en aquellos años, los que elevaban su voz en tono de protesta ante las injusticias del sistema eran ignorados, descalificados y en muchos casos condenados a la marginalidad.

Volvamos en el tiempo e imaginemos como habrá sido la vida de aquel lunfardo pendenciero, poeta libertario, anarquista, acaso homosexual, comprometido en las luchas sociales y políticas, en el marco de una sociedad represiva y un orden institucional autoritario y despótico.
Pudo ocurrirle a Cepeda, la suerte de Sócrates Figoli, aquel payador anarquista, creador de los contundentes versos: “Abogar por la causa del pueblo, siempre ha sido mi afán y mi culto, resistiendo apacible el insulto, de la turba burguesa feroz”, con los que comenzaba su obra “La Canción Proletaria”. Hoy, lamentablemente, el recuerdo de aquel cantor repentista está sepultado bajo el polvo del olvido.

Observemos que el día posterior a la muerte de Cepeda, el diario La Nación da cuenta del hecho bajo el título: “EL CRIMEN DE ANOCHE” y la bajada del titular dice: MUERTE DE UN L.C.; En el Buenos Aires de esos tiempos L.C. significaba LADRON CONOCIDO. Era la Argentina de la Ley de Residencia, sancionada en 1902, por la que se podía expulsar a cualquier extranjero arbitrariamente, simplemente por su manera de pensar. Era la policía que comandaba Ramón Falcón que consumó una masacre el primero de mayo de 1909, reprimiendo brutalmente a los obreros anarquistas que se habían congregado en Plaza Lorea para rendirle homenaje a los Mártires de Chicago. Era el Buenos Aires de la huelga de los inquilinos que se revelaban ante el abuso de los rentistas, que ávidos de aumentar sus ganancias, condenaban a miles de familias pobres a vivir en la perversa promiscuidad de los conventillos.

Nada dice La Nación de las cualidades literarias de Cepeda. No menciona las imágenes poéticas que lograba con sus versos, ni juzga sus metáforas o su estilo. Lo fundamental era resaltar que, en virtud del manyamiento, era un ladrón conocido. No ignoraba La Nación que además de ladrón conocido, Cepeda era una voz potente que reclamaba por los desposeídos. No lo ignoraba La Nación, ni lo ignoraba el sistema. Esa misma noche, cuando en la Avenida San Juan, entre Solís y Entre Ríos, los familiares y amigos estaban velando los restos del poeta, una razzia policial los llevo a todos presos.

Ni el cementerio de la Chacarita, ni el de Flores, tienen registrado el ingreso del difunto. Nunca se supo más de él, ni siquiera quedó una tumba adonde llevarle una flor, como si el imperativo hubiera sido no dejar rastros.

Cuando comenzamos esta investigación abrigábamos la ilusión de poder determinar fehacientemente, con algún documento que lo corroborara, el lugar de nacimiento del Divino Poeta de la Prisión. No lo hemos conseguido. Solo aquella vaga referencia de Raimundo Bianco, su compañero en la cárcel, cuando afirmaba que: “Cepeda era un paisano nacido en Brandsen.”

Tampoco existen documentos que demuestren lo contrario. Observemos que en el detalle minucioso de las pertenencias que tenía consigo el día de su muerte, la policía no menciona ningún elemento que acredite identidad del fallecido.

Quedaron sus poesías, quedaron las canciones que gracias a su inspiración aún podemos disfrutar. Quedó su recuerdo, que de manera implacable ha ido envolviendo la niebla del tiempo.

Como la cerrazón muchas veces nos oculta el paisaje, suelen las incertezas ocultarnos la verdad. Pero convengamos que las dudas, los equívocos y los enigmas también constituyen la historia.

R.S. 06-10-18

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