El Colegio de Psicólogas y Psicólogos de la provincia de Buenos Aires-Distrito XI llamó a fortalecer las políticas de salud mental frente a cifras que no dejan de crecer, proponiendo correr el eje de la pregunta: la cuestión no radica en las razones por las que alguien decide morir sino en cuáles lo sostienen vivo.

El Colegio de Psicólogos de La Plata expresó su preocupación por el aumento sostenido de las muertes por suicidio en nuestro país y llamó a la sociedad y al Estado a fortalecer los dispositivos de atención y las partidas presupuestarias destinadas a salud mental.
Según Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud, en 2024 se registraron 3614 muertes por suicidio en Argentina; el Ministerio de Seguridad contabilizó 4249 casos ese año y 5209 en 2025. Aunque las series no son comparables entre sí, ambas reflejan la tendencia en alza.
Caerse de la escena
Desde 2022, el suicidio es la principal causa de muerte entre los 15 y 24 años y en 2024 volvió a ocupar el primer lugar entre los 25 y 34, un hecho que no ocurría desde hacía 20 años. El fenómeno no es exclusivo de nuestro país: según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) las Américas son la única región del mundo donde la mortalidad por suicidio continúa subiendo.
«La estadística cuenta, la epidemiología correlaciona pero los psicólogos trabajamos con lo que le sucede a una persona en particular», planteó el Lic. Andrés Di Prinzio (M.P. 53496) presidente del Colegio quien explicó que hablar de singularidad no implica reducir el problema a lo individual.
«El suicidio es un problema social y las condiciones materiales de vida -desempleo, economía, soledad, violencia- pesan y se suman con otras causas múltiples. Pero además de las causas generales, siempre hay algo irreductible, propio de la historia de esa persona”, amplió.
Para el psicoanálisis, existir es ocupar un lugar simbólico junto a otros: ser hijo, madre, trabajador, alguien para alguien.
El «pasaje al acto» ocurre cuando una persona se cae de esa trama de vínculos y pasa a sentirse un “resto”. En ese punto de máximo desamparo, la salida de la vida puede aparecer como la única forma de aliviar una angustia que se volvió insoportable.
Di Prinzio subrayó que no existe un perfil de riesgo único ni un patrón de comportamiento universal. Buscar «el signo» que anticipe el acto suicida genera un malentendido. Sí puede indagarse, escuchar y sostener el vínculo. Preguntar a alguien si piensa en morir no induce la idea: puede aliviar.
Que una persona hable de morir debe tomarse en serio siempre; el silencio, en cambio, nunca es garantía de lo contrario. La prevención -subrayó el psicólogo- no puede garantizar que el pasaje al acto no ocurra. Los dispositivos de contención son imprescindibles pero si solo buscan impedir la acción material, sin leer la causa de esa angustia singular, el problema solo se posterga.
Nadie nace con ganas de vivir
Existe la creencia de que hay un instinto natural de conservación y que quien se quita la vida lo hace contra algo que la naturaleza garantiza. Freud fue mucho más prudente: en 1910, en un debate dedicado al suicidio, dejó abierta la pregunta clave de esta cuestión: qué es lo que sostiene la vida humana.
El ser humano nace en un estado de desamparo absoluto y depende íntegramente de que un otro lo alimente, lo sostenga, lo nombre, lo desee. Esa dependencia no termina: lo determina y es su condición misma de existencia.
El ser humano no vive por un instinto, vive porque alguien lo quiso vivo y porque después se insertó dentro del sentido para poder seguir estándolo. Todo lo que concierne a una cultura -el trabajo, el arte, la religión, el amor, las instituciones, los relatos- es una construcción que intenta hacer soportable algo que en principio no lo es. Si esas construcciones dejan de donar algún sentido de futuro, si dejan de producir sentido vital, la persona va a quedar inerme frente a lo insoportable.
Restituir la escena
En un sentido amplio, puede denominarse como “prevención” todo dispositivo que devuelva a la persona un lugar donde ser «alguien para otro»: guardias preparadas para urgencias subjetivas, escuelas que escuchan, centros de salud con turnos disponibles, líneas telefónicas con profesionales capacitados y un Estado que ponga límites.
No es una apuesta a ciegas: la OPS indica que los países con estrategias integrales sostenidas en el tiempo logran reducir las tasas de suicidio en un 20%, aunque en nuestra región el problema central sigue siendo el acceso: de cada 10 personas con un problema de salud mental, sólo 2 reciben tratamiento.
En ese marco, el Colegio de Psicólogos recordó que la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 establece que la salud mental debe recibir al menos el 10% del presupuesto total de Salud, una meta que nunca se cumplió desde su sanción, en 2010. La inversión prevista para 2026 representa apenas el 1,42% de lo trazado.
«Garantizar el cumplimiento de la Ley es, literalmente, propiciar una escena donde las personas puedan todavía sostener sus vidas. Como Colegio y como profesión, tenemos algo para decir sobre esto y también mucho por hacer. La pregunta, en definitiva, no es solo qué lleva a alguien a querer morir sino qué nos sostiene vivos dentro de lo que llamamos sociedad”, concluyó el Presidente de la institución.
Datos útiles
Si estás atravesando un momento de dolor, hablarlo con alguien cambia las cosas.
Provincia de Buenos Aires — Subsecretaría de Salud Mental, Consumos Problemáticos y Violencias: 0800-222-5462.
Nación — Hospital Nacional en Red «Laura Bonaparte»: 0800-999-0091, las 24 horas, los 365 días del año.
Centro de Asistencia al Suicida: (011) 5275-1135 desde todo el país; 135 desde CABA y Gran Buenos Aires.
Ante una urgencia inmediata: 107 o 911.
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