Fuente Semanario Tribuna 10-10-2020

Entiendo que una de las peores experiencias que puede vivir un ser humano es la de tener que abandonar su terruño. No me ocurrió, pero recuerdo a mi abuelo español, con los ojos encharcados, cuando me hablaba de la pequeña aldea castellana en la que había vivido hasta sus veinte años. A mi abuelo le fue muy bien en Argentina. No pasó hambre, formó su familia y después de veinte años de trabajar en campos ajenos pudo comprar su propia chacra. En lenguaje de estos tiempos puedo decir que tuve un abuelo exitoso.

También era exitoso Osvaldo, aquel psiquiatra encarnado por Brandoni en Made in Lanús, que después de diez años de brillante carrera en Nueva York no podía disimular el desconsuelo de sentir que ese no era su lugar. En esa obra inolvidable de Nelly Fernández Tiscornia, se plantea la empecinada disyuntiva: ¿Irse o quedarse? Cuatro personajes, tironeados por un mismo dilema: El que se fue y quiere volver; el que se fue y no quiere volver; el que se quedó y quiere irse; y el que se quedó y no se irá jamás.

Hay tantos motivos para migrar como migrantes mismos. Algunos huyen de persecuciones políticas o religiosas y otros porque son tentados por nuevos desafíos. Muchos porque no soportan la inestabilidad económica y el desencanto de no poder cristalizar sus proyectos. Están los que van siguiendo un amor y los otros, que como mi abuelo, iban tras un plato de comida.


Por estos días los argentinos asistimos a la nueva versión de una novela que bien conocemos. Una novela que se reitera en cada una de las crisis que debemos atravesar. Los momentos de incertidumbre, cada vez más frecuentes, cada vez más profundos exponen a los enojados con el país. A los enojados con esta tierra, en la que se sienten convidados de piedra, agraviados por el atraso y la decadencia, fatigados entre tanta facción privilegiada y tanto pueblo desvalido. Hartos del abismo entre la casta dirigente con la realidad, muchos argentinos exclaman con desazón: “Esto no va más…me voy”.

No ha sido nunca fácil trasplantarse a otra sociedad, pero creo que hoy, más allá de la novedosa realidad a la que nos ha llevado el Covid-19, es aún más dificultoso. Miro el mapamundi y no encuentro lugares particularmente receptivos para un argentino medio. Por supuesto que para aquellos que trasladan sus empresas a ámbitos fiscales más cordiales irse puede resultar conveniente y naturalmente a los que disponen de una sólida economía y no dependen del trabajo diario la cosa es mucho más fácil. Es de Perogrullo: El rico vive bien en cualquier parte, el que tiene un empleo se las rebusca y el pobre, es pobre siempre.

No tengo certeza sobre qué cantidad de argentinos se irán del país cuando se abran las fronteras, pero sí me imagino la enorme cantidad de extranjeros que vendrán para aprovechar el estado de remate de nuestra economía. Fundamentalmente nuestros vecinos más cercanos.

Vamos a los números. Imaginemos a Rosario y Walter, un matrimonio uruguayo, los dos jubilados que cobran la mínima, $U.17.000, cada uno. Con ese ingreso viven, son propietarios de su casa, no pasan penurias, pero tienen que cuidar el centavo para que ese ingreso aguante todo el mes. Si cambiaran esos $U. 34.000 por dólares, al cambio oficial de 43,70 recibirían U$S 778. Vienen a Argentina, cambian esos billetes verdes a $A. 140 cada uno y se hacen de aproximadamente $A. 109.000.

Si alquilaran su departamento de dos ambientes en Montevideo recibirían $U. 19.000, que, con la misma lógica de las jubilaciones se convierten en casi $A. 61.000 . Sumando ambos conceptos Rosario y Walter reúnen $A.170.000. Alquilan en Buenos Aires, o en Brandsen por $A: 25.000, y tienen un saldo de $A.145.000 para vivir todo el mes, que comparados con los $A: 36.300, brutos, que reúne un matrimonio de jubilados argentinos que cobran la mínima, me eximen de hacer mayores comentarios.

Si le sumamos que todos los meses, cuando vayan a cobrar la jubilación y visitar a la familia se llevan para revender una compra de $A. 10.000 en afeitadoras, bolígrafos, pilas, lápices, preservativos, bombachas, medias, etc. Mínimamente van a duplicar el valor y el viaje les saldrá gratis. Usted me puede rebatir argumentando que al vender dólares en una cueva o traficar chucherías incurren en un delito. Es cierto. Pero no tan grave como el que cometieron durante décadas, gobernantes canallas que nos han dejado sin moneda. Acaso sin futuro.

Debe ser muy duro el irse. Éxodo, huída, diáspora, son palabras que tienen connotaciones penosas. Alfredo Zitarrosa, al que tanto le dolió la ausencia, escribió en el exilio: “Pájaro que cantas, corazón de alondra, vuela hasta mi tierra, corazón en sombras, dile que en mi carne, tu sangre la nombra.”

Fuente Semanario Tribuna 10-10-2020


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