Por Roberto Segurado

¿Cuándo vamos a volver a la normalidad?, me preguntaba un amigo, a través del teléfono, hace un par de días. Intuí en el tono de su voz que lo estaba ganando el desánimo y la intranquilidad. Estuve a punto de cometer el rústico error de contestarle con una pregunta y decirle: ¿Qué normalidad? Felizmente apareció un rayito de la escasa lucidez que conservo y salí del paso con una frase de circunstancia, de esas que de tan triviales, uno no sabe si alientan al otro o lo tiran de cabeza en la angustia más atroz.

Me quedé pensando en la palabrita: Normalidad. Y recordé que unas semanas atrás nuestro señor gobernador exclamó en un acto público: “La normalidad no existe más”. El señor gobernador manifestó la novedad de manera tajante, como si estuviera leyendo una partida de defunción. La frase, expresada dentro de la vorágine declaratoria a la que nos somete la peste, me pareció un tanto desmesurada pero no me preocupó mayormente, porque si ya no existe la normalidad, tampoco vamos a tener que soportar ninguna anormalidad. Digo, por aquello del Yin y el Yang, del fuego y el agua, de lo positivo y lo negativo. Si alguien me asegura que ya no existe la luz, instintivamente infiero que tampoco va a existir la sombra.

Y entonces ¿qué vamos a tener? Porque la normalidad es eso: La medida, el ordenamiento, la regularidad, la cordura, la regla y si me apura hasta la rutina. ¿Cómo va a ser nuestra vida de aquí en más? ¿Nos están anunciando la consumación del disparate? ¿Llorará eternamente la biblia junto al calefón, como dijo Discepolín hace ochenta y pico de años? ¿Quedaremos expuestos a la intemperie de la insensatez para siempre?


Y además me gustaría saber: ¿Que se hizo de la normalidad que teníamos hasta hace algunos meses? ¿Se murió? ¿La reemplazamos por una nueva y a la vieja la tenemos como un par de botines trajinados para usar los días de lluvia? ¿La arrumbamos en el galponcito del fondo? ¿Está tan ruinosa que no se la podemos vender a algún país que la necesite? ¿Será que las normalidades últimamente vienen con obsolescencia programada y no conviene repararlas?

Yo entiendo que la realidad que tuvimos hasta el momento del anuncio no era una realidad como para inflar el pecho, embanderar los autos y juntarnos en el obelisco al grito de Argentina, Argentina, pero creo que podemos hacer algún negocito. O darla a préstamo como se hace con los jugadores de fútbol para que haga experiencia. Para que madure y vuelva robustecida. Por supuesto no se la vamos a ofrecer a Canadá o Japón. Menos a Noruega o Alemania. Pero estoy seguro que a algún paisito del infradesarrollo le puede servir. O mandarla a Siria. No creo que la desprecien. Imagínense llevan casi una década de guerra civil, con cientos de miles de muertos y cinco millones de personas que han huido del país. Le despachamos nuestra vieja normalidad en la que no hay guerra y les va a caer como una gracia divina. O a Yemén, Somalia, Nigeria o Sudán del Sur, donde 1.400.000 niños están ante el riesgo inminente de muerte a causa del hambre que padecen. Por maltrecha que esté nuestra normalidad, digo la vieja, la que ya no usamos, se la enviamos y con  los diecinueve millones de toneladas de trigo de la última cosecha le salvaríamos la vida a todos esos gurises. Y a los padres de esos gurises.

Tal vez tengamos la contra del costo del flete. Hacer llegar nuestra normalidad, la vieja claro, hasta esos lugares tan lejanos debe ser bastante oneroso. Si es por cercanía podríamos intentar con Uruguay. Hasta se podría ir nadando. Pero francamente no creo que a los uruguayos les interese nuestra normalidad de segunda mano. Son raros. En realidad debería decir que son anormales. No se odian y la grieta más grande que tienen es entre las hinchadas de Peñarol y Nacional. Miren si serán raros que el presidente uruguayo, el que asumió hace poco más de tres meses, con los votos de todo el arco de la derecha política, y que llegó al gobierno después de quince años ininterrumpidos de gobiernos de izquierda, no bien apareció la pandemia fue a visitar a su antecesor a la casa particular para intercambiar ideas a propósito de las políticas que tenían que implementar. Ya en diciembre habían venido juntos a saludar a nuestro nuevo Presidente. Son rarísimos. Fundamentalistas del diálogo estos uruguayos. Y para colmo se tratan de “tú”.

En fin, yo no estoy muy entusiasmado con el anuncio del señor gobernador. Entiendo que nuestra normalidad, la vieja claro, tenía graves desperfectos, fundamentalmente por el lado de lo moral y lo ético. Pero estábamos acostumbrados a ella. O acaso usted no toma con naturalidad que sindicalistas, jueces, políticos y allegados ostenten riquezas imposibles de justificar. O que la inequidad entre los que tienen mucho de todo y lo que tienen poco de nada sea cada día más brutal.

Será esa la normalidad que ya no va a existir en el futuro. Sería muy saludable que así fuera, aunque lamento  que la tripulación que navegó aquella normalidad, digo la que por precepto del señor gobernador ya no existe, no haya tenido los mecánicos para corregir las averías que nos llevaron a esta realidad. Porque si admitimos que psicológicamente la normalidad no existe y lo que confundimos con normalidad son patrones de conducta de naturaleza cultural, lo que nos queda es un universo de anormalidades, lo que equivale a decir particularidades. Si fuéramos capaces de erradicar esas particularidades dañinas de la vieja normalidad podríamos seguir andando tranquilos por la vida.

En definitiva la normalidad es una ilusión. Como decía Morticia, aquella inefable esposa y madre de la muy normal Familia Adams: Lo que es normal para una araña es un caos para la mosca.

Roberto Segurado – Publicado en el Semanario Tribuna 18-07-2020


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