Como solía hacer casi todos los días, se puso las calzas, el casco, los guantes y salió a pedalear.

Era algo habitual, una parte de su rutina. A veces solo, a veces en grupo, casi siempre con su amada Silvina.

A los pocos kilómetros de salir, tuvo que frenar para auxiliar a una ciclista que había pinchado la rueda. Se la infló y le dejó el inflador por las dudas. “No lo voy a necesitar”, le dijo, o algo parecido.

Pocos kilómetros después de ese gesto que ya pinta qué tipo de persona era, el infortunio, el destino o la imprudencia de un conductor terminó con su vida, con sus ilusiones, con sus ganas de ir siempre para adelante: en un scrum de rugby, en un pelotón de ciclismo, en la vida misma.

Porque era un metedor. Un tipo que no le sacaba el culo a la jeringa.

Parte de una familia muy querida y con una entereza ante la tragedia que conmueve, era un deportista nato, con entrega, fuerza y garra tanto con la ovalada como con la bici y con vocación de enseñar, como lo hacía con los chicos de la M14de Atlético y Progreso. Entre ellos, uno de sus hijos.

También era el que cada mañana llevaba a su amada flaca al trabajo y le dejaba la bici para encontrarse en la ruta y pedalear juntos. Siempre con una sonrisa. Los dos. Juntos.

“La terminamos disfrutando. Terminamos llorando abrazados. Correr con la persona que amás tiene un condimento extra”, contó hace menos de dos semanas, después de salir segundos en la categoría parejas mixtas -junto a Silvina por supuesto- de la Carrera del Dulce de Leche, en Vicente Casáres.

Era el papá que hablaba de sus hijos con una ternura y devoción que emocionaba. Era el amigo que estaba para dar una mano cuando hacía falta. Era el deportista que se alegraba con el crecimiento de sus pares y competidores.

Desde hace un par de años andaba arriba de la bici. Y andaba fuerte. Se notaba que había hecho deportes toda su vida. Y le gustaba competir, medirse, ensuciarse en las pistas de Rural Bike. Pero siempre con una sonrisa. Sin perder el sentido lúdico del deporte. Era un juego y él lo disfrutaba.

Como el día que rompió la bicicleta en una carrera en Las Flores y terminó corriendo los últimos cinco kilómetros a pie. Se ganó el aplauso del público y de sus competidores. Ese día, aun sin podio, él ganó.

Su partida deja un vacío enorme. Brandsen lo va a extrañar. Va  faltar en muchos lados: en su casa, en lo de los viejos, en la ruta, en la calles, en la salida de la escuela de los chicos, en la bicicletería, en el club, en las casas que necesitaban alguien que se dé maña para arreglar todo, en su trabajo…

Pero va a estar, sin dudas, en nuestros corazones.

Chau Panza querido. Hasta siempre


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