Leonardo Sita y Francisco “Pancho” Langlois comparten una amistad que nació en la adolescencia y hoy permanece vigente. Después de la mudanza de Pancho a España, volvieron a encontrarse en una plaza de Valencia y retomaron una canción que los acompaña desde hace años. Hubo música, abrazos y lágrimas en un momento que la distancia hizo todavía más especial.

Hay amistades que sobreviven al tiempo y canciones que apenas suenan las primeras notas, hacen sentir que nada cambió. Eso fue lo que vivieron Leonardo Sita y Francisco “Pancho” Langlois, dos vecinos de Brandsen unidos por la música desde que tenían 13 o 14 años, cuando comenzaron a tocar sus instrumentos y a compartir un camino que los llevaría a integrar distintas bandas locales.
El reencuentro ocurrió ayer en una plaza de Valencia, España, después de más de un año sin poder verse. Pancho vive desde hace un año y medio en ese país junto a su familia, en la localidad de Alcira, a unos 40 kilómetros de Valencia. Leonardo, por su parte, viajó a Europa como parte de la gira por Italia del Coro Municipal Maestro Mario Mancuso de Brandsen y aprovechó su estadía para volver a abrazar a su amigo.
Pero el encuentro tuvo algo más que la emoción de volver a verse. Leonardo llevó su guitarra y Pancho, su flauta traversa. Así, en una plaza española, los dos músicos volvieron a hacer lo que tantas veces compartieron en su ciudad: tocar juntos, como si la distancia nunca hubiera existido.
“Como si hubiese sido ayer tocamos los temas”, contó Leonardo, quien describió el momento como una experiencia profundamente movilizadora para ambos. Hubo lágrimas, un abrazo fuerte y ese sentimiento difícil de explicar que aparece cuando uno vuelve a encontrarse con alguien que forma parte de su historia. “Después de cambiar de país, de dejar tu país y mudarte, hay cosas que quedan. Fue un sentimiento muy fuerte”, expresó.
Una amistad que nació entre acordes
La historia de Leonardo y Pancho comenzó cuando eran adolescentes y aprendían a tocar la guitarra y la flauta traversa yendo los domingos a misa. Desde entonces, la música se convirtió en un punto de encuentro que los acompañó durante años y que también los llevó a compartir escenarios.
Juntos integraron Acuarela del Río, una banda que completaba Diego Mastrolorenzo en percusión y que, según recuerda Leonardo, dejó muy lindos momentos. Más adelante también compartieron Brandseños, el grupo en el que continuaron tocando hasta que llegó el momento de despedirse, cuando Pancho decidió irse a vivir a España con su familia.
Aquella despedida marcó el cierre de una etapa de encuentros habituales, ensayos, presentaciones y canciones compartidas. Sin embargo, no puso fin a una amistad construida durante décadas ni a esa conexión que los une a través de la música.
Pancho es profesor de música y a lo largo de su trayectoria integró distintas formaciones y orquestas. Leonardo lo define con admiración y orgullo como “un músico de la hostia”, una expresión que refleja tanto su talento como el cariño de quien lo conoce desde hace tantos años.
Una canción que los volvió a unir
Entre todos los temas que compartieron a lo largo de su historia, hay uno que ocupa un lugar especial: Yo vengo a ofrecer mi corazón, de Fito Páez. La canción se convirtió en una especie de sello de su amistad, un tema que tocaron una y otra vez y que siguen eligiendo para encontrarse a través de la música.
Por eso, volver a interpretarla en una plaza de Valencia tuvo un significado especial. No se trató solamente de recuperar un repertorio conocido, sino de volver por un instante a esos años de música compartida en Brandsen, a los ensayos, las presentaciones y las experiencias que construyeron juntos. “Es nuestro tema estrella o el tema que más nos gusta compartir”, explicó Leonardo.
Esta vez no hubo un escenario ni un público como el de sus presentaciones habituales. Bastaron una guitarra, una flauta traversa y dos amigos que, después de más de un año separados por miles de kilómetros, pudieron volver a tocar juntos.
La emoción de Pancho también conmovió a Leonardo. El encuentro les permitió reencontrarse no solo con el otro, sino también con una parte de su historia que permanece intacta a pesar de los cambios, el tiempo y la distancia.






































