Luciana Erregue se fue en 1992 a Canadá con su marido, creyendo que volvería a los dos años y hoy tiene su propio sello editorial. «Cuando camino por mi pueblo me siento a veces como un fantasma, veo a todos, reconozco a todos, pero muy pocos me reconocen», asegura.

«Dos años y volvemos», pensó Luciana Erregue. Canadá jamás había formado parte de sus planes y, sin embargo, allí estaba aquel país, intrigante y distante, en sus conversaciones. Por aquellos días, ella se encontraba cursando el cuarto año de abogacía, una carrera que hacía tiempo sabía que no le gustaba. Fue así que, cuando su marido le anunció que lo habían aceptado para hacer un doctorado en geofísica en Canadá, simplemente llegó a la conclusión de que había llegado el turno de hacer lo que debía hacer: seguirlo.

La sorpresa en su pueblo, Brandsen, fue grande. Luciana, tan arraigada a su rincón argentino, contaba con una gran familia y amigos, los tenía allí y en La Plata, donde trabajaba y estudiaba. ¿Qué haría tan lejos de los suyos?: “Fui bien inconsciente. Creía que a los dos años iba a regresar y retomar mis estudios. No me preocupaba no tener visa de trabajo o de estudio, sino solo de acompañante”, confiesa al rememorar los días previos a su partida.

Para Luciana, la novedad tenía sabor a gran aventura. Jamás olvidará aquella vez, cuando su tío le obsequió un LP de Los Beatles y quedó fascinada con su música, pero en especial con el idioma; ahora, de pronto, tenía la posibilidad de vivir afuera, explorar otra cultura y rodearse de una lengua que le parecía deslumbrante.

Cuando el avión comenzó a carretear en Ezeiza, atrás habían quedado las indecisiones de su profesión, junto a las calles de su pequeña y tan amada ciudad. Era tiempo de dejarse llevar, ser acompañante y apoyar el rumbo de pareja. Y así, envuelta en una exquisita adrenalina, Luciana pisó suelo canadiense, sin imaginar que dos años se transformaría en toda una vida.

LA LLEGADA A UNA CIUDAD DESÉRTICA

¿Dónde está la gente?, se preguntó Luciana durante el traslado del aeropuerto a su primera morada. Las calles estaban vacías, la ciudad parecía desierta y en nada se parecía a las urbes argentinas, tanto más desalineadas e impregnadas de peatones. “Pronto descubrí que en Canadá no se circula a pie: el automóvil es dueño y señor, tanto en áreas rurales como urbanas”.

Entre los paisajes extraños y la atmósfera peculiar, Luciana escuchó hablar inglés por vez primera y sintió que había sido enviada desde la tierra a visitar otro planeta: “No se puede explicar la súbita sensación de alienación, de sentirse fuera de tiempo y lugar, que produce emigrar al inicio”.

“De entrada, lo que más me llamó la atención del país es el respeto a los peatones y a todas las normas de tránsito. También me impresionó la gran cortesía canadiense”, rememora. “Y, en otro orden de las cosas, eso de dejar los zapatos al entrar a una casa. Las fiestas con los invitados descalzos, ¡un mar de zoquetes!”, continúa entre risas.

TIEMPO DE ANIDAR Y FORMAR UNA FAMILIA

En un comienzo se instalaron en Vancouver, en la provincia de la Columbia Británica. Fueron meses signados por la novedad y el objetivo central de Luciana: apoyar a su marido. Y así, casi sin darse cuenta, una vez más, la vida decidió por ella en días en donde su carrera argentina se había desdibujado, allá a lo lejos. Su esposo, luego de concluir sus estudios, recibió propuestas laborales y más tarde ella supo que estaba embarazada: era tiempo de anidar y formar una familia.

Para aquella nueva etapa se trasladaron a Edmonton, la capital provincial de Alberta: “Nuestros hijos se han criado allí, es la típica tundra, con inviernos de menos 40 grados centígrados”, describe Luciana. “Lo que más nos gusta es el contacto con la naturaleza, ya que vivimos a unas cuatro horas de las Rockies, y nuestra ciudad está repleta de espacios verdes. Además de la naturaleza maravillosa, es increíble el respeto que se muestra hacia ella”.

El racismo sutil, la disparidad social y un secreto a voces: “Ahora hay reconocimiento de que somos colonizadores”.

De pronto, los meses se transformaron en años, tiempos de crianza, colegio y dedicación al hogar. En cada escenario, aquella amabilidad que a Luciana tanto la había maravillado en un comienzo, persistía, aunque con sus bemoles.

Detrás de la cortesía canadiense, la argentina descubrió algo más: “Es civilidad, pero también una manera de establecer límites de sociabilidad entre las personas. Experimenté, y todavía lo hago, el racismo sutil cuando me sienten el acento, `where are you from´, me preguntan, yo siempre les respondo `de Edmonton´. Imaginate treinta años escuchando la misma pregunta”.

“También me encontré con una disparidad social entre grupos indígenas y el resto de la sociedad. Y supe del pasado caracterizado por el horror de las residential schools, escuelas pupilo para niños indígenas, donde las epidemias de tuberculosis barrían con el alumnado, y donde ocurrían abusos de todo tipo. Esto está saliendo a la luz, aunque siempre fue un secreto a voces: todos los meses se publica sobre algún hallazgo de tumbas en los predios de esas escuelas”, agrega pensativa.

“Ahora hay mucho más esfuerzo por parte del gobierno para que esto se saque a la luz, así como iniciativas culturales que valoricen la cultura indígena. Cada evento de zoom comienza con lo que se dice `land acknowledgement´, el reconocimiento de que estamos en tierra de pueblos originarios, y somos colonizadores, tanto los blancos como los inmigrantes (settlers, immigrant settlers)”.

“De todas maneras, he hecho muy buenos amigos canadienses y de otros lugares también. Hasta el día de hoy, me resulta increíble la diversidad étnica y cultural de Canadá, que es fomentada desde el gobierno mismo. En nuestra ciudad, las escuelas públicas tienen programas de educación en una diversidad asombrosa de lenguajes, desde mandarín, hasta árabe”.

TIEMPO DE DESPLEGAR LAS ALAS

Una mañana como cualquier otra, Luciana se percató de que aquellos dos años planificados en otra vida ya se habían transformado en doce, sus hijos habían crecido, la carrera de su marido iba por carril firme, ella tenía los papeles en orden, y era tiempo de retomar el paréntesis que había quedado abierto en Brandsen.

La abogacía, sin dudas, jamás había pertenecido a su vida; el arte, en cambio, ese camino señalado como sinuoso e inestable, siempre la había atraído. Con esa certeza decidió desplegar sus alas y, finalmente, retomar sus estudios universitarios. Obtuvo una maestría en historia del arte y durante los siguientes años salió a las calles canadienses para sumergirse en el mundo de las galerías, donde trabajó con entusiasmo, aunque sin la pasión que imaginaba: “Decidí que lo que realmente quería era dedicarme a la literatura”.

Después de participar en un programa para escritores inmigrantes, y con una beca otorgada por la dirección de cultura de su ciudad, en el 2020 Luciana dio un paso más en su camino de crecimiento personal, autonomía y autodescubrimiento: creo su propio sello editorial, Laberinto Press, que se especializa en publicar literatura canadiense escrita por escritores inmigrantes profesionales.

“Durante la pandemia hemos editado ya dos antologías con un total de veintidós escritores inmigrantes y estamos preparando nuestro tercer libro. Nuestras obras han participado en festivales literarios y han sido muy bien recibidas por la crítica literaria de nuestra provincia y el país”.

CRECER Y ARRIESGARSE SIN MIEDO

Allá a lo lejos, en un 1992 impulsivo, Luciana dejó su rincón conocido para seguir los sueños de su gran amor. Había elegido con alegría caminar por el sendero de su marido y, años más tarde, se dispuso a acompañar a sus hijos para que encuentren el suyo. Pero un día supo que nunca es tarde para alcanzar las metas personales; su tiempo había llegado y, a partir de esa decisión, Canadá se transformó por completo y la bonanza de aquella tierra brilló como nunca.

“La calidad de vida canadiense es realmente inmejorable, con un sistema de salud pública y de educación de primer nivel. En cuanto a la calidad humana, los modos de sociabilidad son diferentes, no hay eso de los asados y las barras de amigos que se conocen desde chicos, te encontrás a tomar un café en citas planeadas con anticipación. La gente se muda de ciudades con frecuencia, y es a través del trabajo, la escuela, el vecindario, o las iglesias, que uno socializa. Definitivamente la diferencia cultural más grande que encuentro es la falta de espontaneidad en todas las relaciones. En palabras de Cortázar, la sociedad canadiense es bien `fama´, pero uno se adapta y agradece”.

“Y los regresos al país son siempre distintos y se disfrutan, cada año lo veo todo más con ojos de turista, me encuentro fotografiando rincones que antes no registraba, por ejemplo, las placas de yeso al frente de los edificios con el año en que fueron construidos, los jacarandas; amo el paisaje de la pampa argentina, el olor a campo, los eucaliptus, las palmeras, los ceibos”.

“Cuando camino por mi pueblo me siento a veces como un fantasma, veo a todos, reconozco a todos, pero muy pocos me reconocen o recuerdan. Esa invisibilidad hace patente la ausencia de treinta años. Tengo la fortuna inmensa de contar con una familia maravillosa, a quienes, si bien les dolió mi emigración, igual me bajan a tierra en un segundo si empiezo con ‘Porque en Canadá´. Amo los rituales de ir a hacer los mandados a diario, visitar la panadería, y por supuesto abusar de las medialunas. Mis amigos también son la gran constante, muchos de ellos los tengo desde jardín de infantes. Los extraño horrores, pero la alegría de verlos se acrecienta a medida que los años transcurren. Como decía Aníbal Troilo, `Yo nunca me fui del barrio, yo siempre estoy volviendo´”.

“Sin dudas, este viaje que lleva treinta años me enseñó mucho. A bancarme la nostalgia, las ausencias, el desarraigo; a construir mi familia, así como a construir mi vida todos los días de manera muy consciente, pero sin abandonar un tremendo sentido de la aventura. Emigrar me enseñó a arriesgarme sin miedo”.

Fuente: La Nación


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