Era una cuenta pendiente; una herida de las tantas que le quedó y que aún no cerraba. Pero, sobre todo, un homenaje a sus compañeros y amigos caídos en combate.

Todo eso se conjugó en el viaje a las Islas Malvinas del que acaba de regresar Alejandro Satragni, uno de los ex combatientes de la Ciudad que estuvo en el conflicto de 1982 y que recién ahora, casi 40 años más tarde, pudo volver a pisar aquellos suelos áridos e inhóspitos; los mismos que pisó cuando tenía jóvenes 20 años.

“No tenía demasiada idea acerca de con qué me iba a encontrar, pero la verdad que fue una experiencia que superó largamente mis expectativas”, comenzó contando Alejandro en su casa de calle Segade, en plena refacción y con su nieto y sus amigos en la pileta.

Alejandro viajó a Malvinas gracias a una gestión de la Municipalidad y salió del continente el 8 de noviembre, justo un día después de su cumpleaños 58, para regresar nuevamente a su hogar el 17; “fue un regalo que superó ampliamente las expectativas porque me encontré con un lugar muy cambiado pero que internamente recordaba. Fue maravilloso y se tarda en caer”, reconoció.

“Fui allá con Raúl Oroé, que estudio en acá y después se enlistó en la Armada y fue a la guerra como Suboficial en el portaaviones 25 de mayo”, contó este ex colimba del Batallón de Infantería de Marina Número 5 de Tierra del Fuego.

DESTINO

“Yo para la época de la guerra ya tenía la baja y me estaba volviendo a Brandsen, el 29 de marzo del ‘82. Pero enseguida nos pusimos otra vez la ropa militar y el 9 de abril volamos a Malvinas: y más allá del honor de haber defendido a mi patria muchas veces pienso en qué habría sido de mí si la guerra hubiera empezado más tarde”, destacó; de su batallón murieron 16 personas; 14 soldados y 2 suboficiales.

Por eso y mucho más, Alejandro reconoce que “no sabía qué me iba a pasar emocionalmente cuando pisara Malvinas. Mi familia, de hecho, no estaba muy convencida de que hiciera el viaje porque tenían miedo del impacto emocional que podía significar para mí pasar por todos esos recuerdos, pero llegué y no fue el shock que temía. Malvinas está mucho más grande, hay muchas más casas; está linda la isla”.

Aquellas tierras lejanas y frías por las que caminó, ya no lucen como antes; pero igual fueron reconocidas por los pasos de Alejandro, enfermero camillero del Regimiento 5 de Infantería de Marina, responsable de socorrer a los heridos en el momento mismo del ataque. “Reconocí una bahía que transité muchas veces y también fuimos a los montes Longdon y Tambledon, en donde fueron las batallas más grandes; mi batallón estaba en Tambledon”, recordó con nitidez.

Eran varios veteranos de Malvinas en el mismo avión, que llegaron y empezaron a compartir experiencias y abrazos; “en algunas zonas quedan cañones de los nuestros y uno de los compañeros que viajó nos dijo que había tirado con uno de esos”, destacó.

Lo inhóspito del clima isleño, con mucho viento y frío, se conjuga con las pocas ganas que tienen los Kelpers de que nuestros veteranos los visiten; “los ingleses no nos quieren, nos tratan con indiferencia. No quieren que estemos”, sentenció.

EL CEMENTERIO

Sin dudas que el punto de inflexión del viaje era –y fue- la visita al cementerio de Darwin; “ese era mi propósito, para despedirme de mis compañeros”, afirmó Alejandro, abuelo de 5 nietos.

Hasta el cementerio, Alejandro y Raúl fueron solos sin el guía que habían contratado para ir a los montes, “y la verdad que ahí sentí una energía especial; es mucho más de cualquier cosa que me hubiera podido imaginar. En un momento me quebré muy mal, lloré mucho y pude desahogarme y honrar a los que quedaron en las Islas”, dijo.

Decimos que fue un punto de inflexión no sólo del viaje sino de la vida de Alejandro, padre de Gastón, Vicky y Lucas, porque él mismo reconoció que “me fui mucho más aliviado de ahí porque me di cuenta de que yo podría haber sido uno de los caídos, perfectamente. Antes me sentía culpable, como con una mochila de por qué les tocó a ellos y a mí no, pero después de la vista entendí que las cosas tenían que ser así”; en el cementerio, Alejandro dejó una cadenita en la cruz de uno de sus amigos caídos de apellido Castillo, de Tierra del Fuego

Se le fue la culpa, pero “lo que me queda de acá en adelante es seguir pelando por la soberanía. Fueron días de muchos nervios; por ejemplo, la noche anterior a visitar el monte Longdon casi no pude dormir por ansiedad y lo mismo me pasó antes de ir a Darwin. Fue una experiencia inolvidable, pero sé que no vuelvo más porque ya cumplí con lo que tenía pendiente”, afirmó.

“Lo que me deja este viaje es ser un agradecido de la vida por lo que me dio Malvinas del ‘82 hasta ahora; porque si bien el 82 me pegó duro, la vida me recompensó mucho más con mi familia y mis amigos”, finalizó Alejandro, agradecido y aliviado.

Publicado en Semanario Tribuna 23-11-2019


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